Literatura Argentina

No fue hace mucho que, por primera vez en la vida, pise la entrada de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Y no fue en plan de visita turística -aunque para un bonaerense, todo viaje a la capital tiene un dejo de “irse lejos”-, sino para comenzar apenas la carrera de Licenciatura en Letras, que con su extensión, me requiere que la pise por tantos años más.

 

No creo haber estado más de dos o tres minutos antes de escuchar nombrar escritores absolutamente nuevos para mí, y algunos otros conocidos de nombre, para finalmente aportar yo también a la conversación mis favoritos -los más desconocidos-, esos que guardo para mostrarme literato frente a los otros de mi clase. Rusos, Ingleses, Estadounidenses principalmente. Luego Borges y Cortázar, acaso Arlt.

 

Y aquí, que llegamos a la clase y un profesor menciona a un Saer desconocido, un Perlongher que estremece, y algún libro desconocido de Alejandra Pizarnik. Nosotros que tanto la citábamos en toda red social que se nos cruzara, con una foto albinegra. Y nos entra una necesidad de aclarar que lo conocemos, o por lo menos que lo escuchamos hablar, queremos prevaricar una sonrisa de amigo que se encuentra de vuelta -porque somos de “letras” y tenemos que saber todo-, pero no hay chance. Da mucho pudor mentir en esta facultad. Uno no sabe cuándo puede matarlo algo y morir pecaminoso. Y el profesor encuentra dos o tres que los leyeron en serio, y charla con ellos. No lo culpo.

 

Quiero dejarlo claro: No podría estar más alejado de mi intención argumentar un nacionalismo estúpido y proclamar que la literatura argentina es por mucho superior a cualquier otra porque sí, o instar a ustedes, lectores, a que dejen el libro extranjero que estén leyendo en este momento si se dignan a llamarse lectores. Tampoco tendría sentido esto con la fuente inacabable de autores extranjeros que escriben geniales textos que no solamente lo hacen a uno “comerse el libro”, sino, disfrutar íntegra la literatura que desborda sus márgenes. Además, no tengo autoridad moral para hacerlo.

 

Por el contrario, quiero articular más bien un pedido. Acaso una invitación a leer todo lo posible Chubasco en Primavera. Pero también narrativa y ensayos, de argentinos y extranjeros -pero no de “argentinos o extranjeros”-. No castremos una literatura hermosa en una búsqueda del Hollywood literario. Leamos a Asimov y a Oesterheld, a Faulkner y a Saer, a Poe y a Laiseca, a Neruda (latinoamericano él) y a Lugones. Si es absolutamente necesario leamos a Paulo Coelho, pero leamos también a cientos de escritores que se multiplican en toda extensión de tierra por mínima que sea.

 

Finalmente, cuando hayamos terminado toda esa lectura fascinante, busquemos a los autores que solo se conocen a sí mismos. Porque hasta el más asombroso escritor comenzó con algo pequeño. Es conocida la historia de Cortázar entregándole “Casa Tomada” a Borges, relatada por el último en el prólogo que le escribió más tarde; y existe un placer suntuoso al descubrir un artista nuevo, que mueva sentimientos con algunas palabras escritas en cualquier papel.

 

Joaquín Rodríguez

 

puan

 

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