La historia sin fin

A veces me pregunto, ¿de dónde salen éstas canalladas de la vida?

Es cíclico y vicioso. Todos los días nos levantamos de la cama con la almohada pegada en la jeta como una figurita vieja que se despega, porque por más que nos hayamos bañado la mañana del día anterior cuando llegamos a casa estamos grasosos y chivados. Con hambre y sueño.

 

No hay tiempo para otra ducha, necesitamos masturbarnos o recrearnos ociosamente con otra actividad que no ejerza una punción moral. Así nos levantamos de ese laundromat de mugre cotidiano.

 

A la hora del desayuno tenés dos opciones: desayunas aunque no tengas hambre o te cagas de hambre a media mañana. Si no te tomas un café y estás entre que te cagas encima o te tiras unos pedos horribles porque no comiste nada. Hipotéticamente digamos que te tomaste unos mates y comiste unas galletitas con un hojaldre medio pedorro y ahí sí ARRANCAMOS.

 

Llegas al laburo, facultad o lugar “x”, cómo podés con tu mejor cara de pocos amigos, y sabés que no querés estar ahí. Pero tampoco querés irte a tu casa, porque sabés que no hay nada mejor que hacer allá. Así te chocas la cabeza contra la pared un rato hasta que te das cuenta que “no está tan mal”.

 

Ahora sí, llegó la hora del almuerzo y te querés matar porque trajiste un pastel de papa en el tupper que te preparó tu vieja. No te gusta el pastel de papa. Y menos te gusta que sea amorfo, ya no es un pastel de papa, es una “cosa” de carne picada y puré.

 

Pero bueno, por lo menos tenés tiempo para no hacer lo que tendrías que estar haciendo dentro de un rato y eso te relaja un poco.

 

La tarde ya no es tan dramática, no tenés ganas de seguir luchando contra lo inevitable y te rendís a tu destino proletario. Probablemente es el mejor momento del día porque te aceptas a vos, y a donde estás parado. No estás haciendo lo que te imaginas qué harías en tu mundo ideal, pero sos útil de alguna manera, y eso te produce cierto orgullo.

 

A mí por lo menos no me gusta la parte donde vuelvo a casa (para variar), el sol se está despidiendo o por lo menos yo de él. Sé que estoy volviendo para descansar o hacer cualquier otra cosa (o no), y de ahí sale ésta eterna pregunta ¿por qué estamos atados a este lastre del día a día? De lo único que tengo garantías es que cuando cierre los ojos al final del día, el mañana me deparará lo mismo que el día anterior.

Axel Deffis

Les diaboliques

Les diaboliques, Henri-George Clouzot, 1955.

 

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