Del habla a la escritura- Roland Barthes

Del habla a la escritura por Roland Barthes

( Texto original: La Quinzaine Littérarie, 1-15 de marzo de 1974)

 Este texto de Roland Barthes constituye un prefacio a una primera serie de Diálogos producidos por Roger Pillaudin para radio France-Culture y que fueron publicados por las Presses Universitaries de Grenoble

Hablamos, nos graban, secretarias diligentes escuchan nuestras frases, las depuran, las transcriben, las subrayan, extraen una primera versión que nos presentan para que la limpiemos de nuevo antes de entregarla a la publicación, al libro, a la eternidad.  ¿No acabamos de asistir al “aseo del muerto”? Embalsamamos nuestra palabra como a una momia, para hacerla eterna. Porque tenemos que durar poco más que nuestra voz; estamos obligados, por la comedia de la escritura a inscribirnos en alguna parte.

¿Cómo pagamos esta inscripción? ¿Qué otorgamos? ¿Qué es lo que ganamos?

La trampa de la escripción

He aquí en primer lugar lo que cae en la trampa de la escripción (preferimos esta palabra por pedante que sea a la de escritura: la escritura no es forzosamente el modo de existencia de lo escrito). En primer lugar perdemos, evidentemente, una inocencia; no porque la palabra sea por sí misma fresca, natural, espontánea, verídica, expresión de una interioridad pura; por el contrario (sobre todo en público), es inmediatamente teatral, pide prestados sus giros (en el sentido estilístico y lúdico del término) a todo un conjunto de códigos culturas y oratorios: la palabra es siempre táctica, perceptible para quien sabe escuchar, como otros saben leer. La inocencia está siempre expuesta; al reescribir lo que hemos dicho, nos protegemos, nos vigilamos, censuramos, tachamos nuestras tonterías, nuestras suficiencias (o nuestras insuficiencias), nuestras vacilaciones, nuestras ignorancias, a veces incluso nuestras averías (¿por qué, al hablar, no tendríamos el derecho, en lo que respecta a tal o cual punto emitido por nuestro interlocutor, de quedarnos sin combustible?), en resumen, todo el tornasol de nuestro imaginario, el juego personal de nuestro yo. El habla es peligrosa porque es inmediata y no se corrige (salvo si se complemente con una corrección explícita); en cambio la escripción tiene tiempo; tiene incluso ese tiempo necesario para poder dar siete vueltas a la lengua de la boca ( nunca consejo proverbial ha sido más ilusorio); al escribir lo que hemos dicho perdemos (o conservemos) todo lo que separa a la histeria de la paranoia.

Otra pérdida: el rigor de nuestras transiciones. A menudo “hilamos” nuestro discurso por gusto. Ese “hilado”, ese flumen orationis que disgustaba a Flaubert, es la consistencia de nuestra habla, la ley que se crea para sí misma cuando hablamos, cuando “exponemos” nuestro pensamiento a medida que el lenguaje llega a él, creemos útil expresar en voz alta las inflexiones de nuestra búsqueda; porque luchamos a cielo abierto con la lengua, nos aseguramos de que nuestro discurso “prenda”, “consista”, que cada estado de ese discurso extraiga su legitimidad del discurso anterior; en una palabra, queremos un nacimiento recto y exhibimos los signos de está filiación regular; por eso hay en nuestra habla pública tantos pero y pues, tantas correcciones o denegaciones explícitas.

No es que estas palabritas tengan un gran valor lógico; son, si se quiere, expletivos del pensamiento. La escritura los  economiza a menudo; se atreve a la asíndeton, esa figura cortante que sería tan insoportable a la voz como una castración.

        Esto se relaciona con una última pérdida, infligida a la palabra por su transcripción: la de todas esas migajas del lenguaje- del tipo “¿no?”-que el lingüista relacionaría sin duda con una de las grandes funciones del lenguaje, la función fática o de interpelación; cuando hablamos queremos que nuestro interlocutor nos escuche; despertamos entonces su atención por medio de interpelaciones vacías de sentido (del tipo “hola, hola, ¿me escucha usted bien?”); muy modestas, esas palabras, esas expresiones tienen sin embargo algo de discretamente dramático: son llamados, modulaciones- ¿diría, pensando en los pájaros: cantos?- a través de los cuales un cuerpo busca otro cuerpo. Este canto-torpe, sin relieve, ridículo cuando está escrito- es el que se extingue en nuestra escritura.

Como se comprende por estas observaciones, lo que se pierde en la transcripción es simplemente el cuerpo- o por lo menos lanza hacia otro cuerpo, tan frágil ( o alocado) como él, mensajes intelectualmente vacíos cuya única función es de alguna manera enganchar al otro ( incluso en el sentido prostitutivo de la palabra) y mantenerlo en su estado de pareja.

Cuando es transcrita la palabra cambia evidentemente de destinatario, y por eso mismo de sujeto, porque no existe sujeto sin Otro. El cuerpo, aunque está siempre presente (no hay lenguaje sin cuerpo), deja de coincidir con la persona, o para decirlo mejor, con la personalidad.El imaginario del hablante cambia de espacio: ya no se trata de demanda, de llamado, ya no se trata de un juego de contactos; se trata de instalar, de representar un discontinuo articulado, es decir, de hecho, una argumentación . Este nuevo proyecto (agrandemos aquí voluntariamente las oposiciones) se lee muy bien en los simples accidentes que la transcripción agrega ( porque tiene los medios físicos de hacerlo) al habla (después de haberle extraído todas las “escorias” mencionadas): en primer lugar son a menudo verdaderos pivotes lógicos; ya no se trata de esas pequeñas conexiones (pero, pues) que el habla usa para rellenar sus silencios; se trata de relaciones sintácticas llenas de verdaderos semantemas lógicos (del tipo: aunque, de tal manera que). Dicho de otro modo, lo que la transcripción permite y explota es una cosa que repugna al lenguaje hablado y que se llama en gramática la subordinación : la frase se vuelve jerárquica, se desarrolla en ella, como en una puesta en escena clásica, la diferencia de los papeles y de los planos; al socializarse (puesto que pasa a un público más amplio y menos conocido), el mensaje reencuentra una estructura de orden; las “ideas”, entidades apenas distinguibles en la interlocución, donde son desbordadas constantemente por el cuerpo, son puestas en relieve aquí, disimuladas allí o en contraste allá. Este nuevo orden, incluso si agregan de este modo a las “ganancias” de la escritura: el paréntesis  que no existe en el habla y que permite señalar con claridad la naturaleza secundaria o digresiva de una idea, y la puntuación que, como se sabe, divide el sentido ( y no la forma, el sonido).

De esta manera se manifiesta en lo escrito un nuevo imaginario, que es el del “pensamiento”. Allí donde hay competencia entre el habla y lo escrito, de alguna manera escribir quiere decir, yo pienso mejor, más firmemente; pienso menos para ustedes, pienso más para la “verdad”. Sin duda el Otro está siempre allí, bajo la figura anónima del lector; de este modo el “pensamiento” puesto en escena a través de las condiciones del guión ( por discretas y aparentemente insignificantes que sean), sigue siendo tributario de la imagen de mí mismo que quiero dar al público; contrariamente a lo que ocurre en otras asambleas (la judicial o la científica, por ejemplo), la persuasión, la obtención de una convicción ya no es lo que está en juego verdaderamente en esos nuevos protocolos de intercambio: se trata más bien de presentar al público, luego al lector, una especie de teatro de los empleos intelectuales, una puesta en escena de las ideas (esta referencia al espectáculo no afecta para nada la sinceridad o la objetividad de las opiniones intercambiadas, su interés didáctico o analítico).

 

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