Misivas en fragmentos I

En un rincón oscuro de un sótano derruido hay una caja, y en ella, esta carta. Escrita por quien asumo, pudo haber sido mi abuelo. A ella la acompañan una gran cantidad de papeles dispersos, rotos y húmedos, ilegibles. La carta que transcribo aquí, como pequeña pieza de una historia perdida, que no ha llegado hasta mi por tradición, sino, más que por una consecuencia azarosa de la misma curiosidad generacional. Al parecer, todo indica que se encuentra incompleta.

Los dientes de mi alma danzan en la furia de los sueños.
Lo indecible se adentra en el aljibe del mundo,
espeso de palabras, brota.

Soy todo esto que he perdido. Aquí, ya no se sostiene ningún hombre. Solo un cumulo de andrajos retorcidos de un neblinoso nombre carente de biografía alguna. En el ocaso de mis días, la desdicha me viste tardía. He sentido andar sobre mis carnes las pasiones altivas de aquella, que fue en su momento imagen de todos mis deseos. Solo a ella puedo recordar, cuando la memoria, a esta edad, ya trunca de engaños acompaña mis pasos, que poco a poco me acercan al umbral; que pronto he de atravesar. La he amado con la gravedad danzante del universo. La he amado tan hondamente, que con solo nombrarla, la turbación de mi ánimo se propaga por todos mis huesos. Hoy, tan lejos de su aroma, tan lejos de las décadas de mi juventud, aun me condena el oprobio rencor de mi silencio.

Me alcanzó con tan pocas e insulsas fabulas miopes, con tan ilusas reseñas de útiles ensueños, para dejarme atrás, para abandonar lo más propio de mi sentir. He cargo por tantos años, hijo mío, con este dolor, con esta redención esperanzadora en busca de la salvación que calmaría, algún día, en algún momento, toda esta espera tortuosa; que hasta me he permitido mutilar, poco a poco, con un huraño malestar a toda nuestra hermosa familia.

Contigo me disculpo, por mi tardía decisión. A ti te dejo esta carta, esta despedida. Y estas profundas palabras que arden por huir de este mundo. Huyo, para encontrarme con esta ausencia que he llenado de piedras; y con la que he sucumbido bajo el peso ahogante del silencio profético. Pues te pido, hijo mío, no sostengas rencor ni culpa alguna, solo recuerda esto poco que te puedo dar. No desprecies jamás, hijo, la oportunidad de ser testigo de tu propio sentir, en declarar tu titánico deseo frente a quien sea la divina personificación entre ropas mortales; por más que fuese innecesario, equívoco, o tan solo inútil, el respeto ante tu propio sentir será el único camino que eleve tu alma a las ánforas de la ambrosía divina, aquellas que conquistan la inmensidad de la inmortalidad, que algunos llamamos amor, y que tan pocos humanos han degustado.

Luego, estate listo para perderlo todo; y aprende más temprano que tarde, que cada quien no es, más que aquello que da, otorga y concede. Que no sean tus ojos solo prueba de alguna verdad ilusoria con cual conformar este insípido mundo devastado por el progreso. Reserva en ti, siempre, un lugar tranquilo y sereno, por donde contemplar la dicha silenciosa que aguarda y resguarda, oculta y subyacente de todo aspecto, de todo nombre, que se proclame real.

A ti confió mi memoria, y con ella, tú historia.

Hasta nunca hijo mío.

Tuyo siempre, como el primer día.

Tu padre.

 

Edvard Munch - anguish (1895)

Edvard Munch – Anguish (1895)

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