La ventana

En un gran hospital general, luego de una terrible guerra intercontinental que amainaba y dejaba restos humanos por doquier, se encontraban dos hombres internados en el sector de quemados. Cada uno pertenecía a un bando diferente, antes enfrentados, ahora unidos por la desgracia de sus cuerpos mutilados, suturando una nueva piel, un nuevo comienzo. La habitación de cuidados intensivos era un cuadrado impoluto, con un solo ventanal al fondo que miraba al mundo. A uno de los hombres, que tenía algunas heridas superficiales en los brazos y en la ingle, se le permitía sentarse en la cama durante una hora por la tarde. Su cama estaba junto a la ventana. Pero el otro hombre, que había quedado con un 80% de su cuerpo quemado a causa de una bomba incendiaria, debía pasar todo el tiempo con los ojos vendados al igual que su cuerpo que permanecía sostenido por arneses, con los brazos y piernas extendidos en forma de cruz, como un hombre de vitruvio.

       Todas las tardes, cuando el hombre que estaba al lado de la ventana se instalaba para su hora, pasaba el tiempo describiendo lo que veía afuera. Al parecer, la ventana daba a un parque en el que había un inmenso lago. En él había patos salvajes y cisnes dorados que la gente alimentaba con migajas de  pan. Los enamorados se besaban  tomados de la mano detrás de los árboles y había flores silvestres y canteros de césped y juegos. Y al fondo detrás de la hilera de árboles, se veía un espléndido panorama de la ciudad recortada con el cielo.

       El hombre de vitruvio escuchaba atentamente  las descripciones que le hacía el otro hombre, disfrutando cada segundo. Oía que un anciano casi se había caído al lago y qué que lindas estaban las chicas con sus vestidos de verano. La descripción de su compañero de cuarto, en definitiva, le hacía sentir que prácticamente podía ver lo que pasaba afuera, y por muy extraño que pareciera, se estaba curando de a poco, hasta que un día de otoño finalmente pudo recostar su cuerpo en una cama.

       Una tarde muy agradable, se le ocurrió. ¿Por qué el hombre de la ventana debía tener todo el placer de ver lo que pasaba? ¿Por  qué no iba a tener él una oportunidad? Se sintió avergonzado, pero cuanto más trataba de no pensar así, más quería el cambio. Haría cualquier cosa.

    Una noche, mientras miraba el techo, el otro hombre se despertó de repente con unas fuertes convulsiones, y trató desesperadamente de alcanzar el botón para llamar a la enfermera. Pero el hombre lo observó sin moverse, incluso cuando el sonido de la respiración se detuvo. A la mañana siguiente, la enfermera encontró al otro muerto, y en silencio se llevaron el cadáver.

       Cuando lo consideró oportuno, el hombre preguntó si no podían cambiarlo a la cama que estaba al lado de la ventana. Lo trasladaron, lo instalaron y lo pusieron cómodo. En cuanto se hubieron ido, con dificultad y laboriosamente se incorporó y se asomó por la ventana.

Enfrente había una pared blanca.

Mariano Maeso

 

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