“Cuentacuentos” – L. Silko

En este viernes literario les alcanzamos un cuento de la poeta y cuentista amerindia (Laguna Pueblo) Leslie Silko, titulado (con el mismo nombre de su libro) Storyteller (Cuentacuentos). La traducción es de Camila Falco y corregida por Márgara Averbach, de una de las cátedras de Literatura Norteamericana de la universidad de Filosofía y Letras. Para los interesados en más cuentos de esta espectacular autora, tenemos el libro original completo para epub, así que contáctense por privado, o dejen su mail y se los enviamos.


El sol venía saliendo un poco más abajo en el horizonte cada día, se movía cada vez más despacio hasta que un día ella se puso nerviosa y empezó a llamar al guardia. Se dio cuenta de que había estado sentada allí durante horas pero el sol no se había movido del centro del cielo. Últimamente el cielo no tenía buen color; azul pálido, casi blanco, incluso cuando no había nubes. Ella se dijo que no era buena señal que el cielo no pudiera distinguirse del hielo del río congelado, sólido y blanco contra la tierra. La tundra se erguía detrás del río pero todos los límites entre el río y las colinas y el cielo se perdían en la densidad del hielo pálido.
Ella volvió a gritar; esta vez, algunas palabras en inglés que le vinieron a la boca al azar, probablemente malas palabras que había oído decir a los hombres de las cuadrillas de petroleros el invierno anterior. El guardia de la prisión era esquimal pero no le hablaba en yupik. Ella había mirado lo que pasaba con otros en las celdas: cuando le hablaban en yupik, él los ignoraba hasta que ellos hablaban en inglés.
Él se acercó y la miró. Ella no sabía si él entendía lo que ella le estaba diciendo hasta que él levantó la vista en dirección a la pequeña ventana detrás de ella. Después, él miró el sol y se dio vuelta y se fue. Ella oyó tintinear las hebillas de las pesadas botas de nieve del guardia mientras él se iba alejando hacia el frente del edificio.
Era como los demás edificios que traían con ellos los blancos, los gussucks: los de la Agencia de Asuntos Indígenas y los edificios para escuelas, edificios portátiles que llegaban cortados en mitades sobre balsas que venían navegando río arriba. Paneles cuadrados de metal, más anchos por las capas de aislante metidas adentro. Una vez ella había preguntado qué era eso y alguien le dijo que era para que no entrara el frío. Ella no se rió entonces pero se reía ahora. Caminó hasta la pequeña ventana con doble vidrio y se rió a carcajadas. Creían que podían dejar el frío afuera con relleno amarillo fibroso. Miren el sol. No se estaba moviendo; estaba congelado, atrapado en el medio del cielo. Miren el sol, sólido como el río con hielo que lo había atrapado. No se había movido en mucho tiempo; en pocas horas más ya estaría débil y una pesada capa de hielo empezaría a aparecer en los bordes y se desplegaría sobre la cara del sol como una máscara. La luz era de color amarillo claro, desgastada por el invierno.
Ella veía personas que caminaban por las calles cubiertas de nieve, el vapor del aliento salía de las capuchas de la parkas, las caras escondidas y protegidas por profundos festones de piel. No había automóviles ni motos de nieve ese día; el frío había silenciado las máquinas de ellos. El metal se congelaba; se partía y se hacía añicos. El combustible se endurecía y se trababan las partes móviles. Ella había visto lo que pasó con las grandes máquinas amarillas y el taladro gigante el invierno anterior, cuando vinieron a cavar los pozos de exploración. El frío los detuvo y no hubo nada que ellos pudieran hacer contra él.
El pueblito de ella quedaba a muchos kilómetros río arriba de ese pueblo, pero ella lo veía con claridad dentro de la mente. La casa donde vivían no estaba cerca del resto de las casas del pueblito. Estaba sobre la orilla, río arriba. La nieve se había amontonado en los aleros del techo del lado norte pero en el lado oeste, sobre la puerta, el camino estaba casi libre. El verano anterior ella había clavado pedazos de hojalata roja en los troncos. Lo había hecho por el color rojo intenso, no porque dieran más calor, como los demás en el pueblito. Ya entonces se había estado acercando ese invierno final; hacía muchos años que había señales de su llegada.

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Ella fue porque le daba curiosidad esa escuela grande donde el gobierno mandaba a los demás chicos. En la infancia, cuando estaba creciendo, ella no había jugado mucho con los otros chicos de la aldea porque ellos le tenían miedo al viejo y salían corriendo cuando llegaba la abuela de ella. Ella fue a la escuela porque estaba cansada de estar sola con la vieja, cuyo cuerpo se había ido entumeciendo desde que ella tenía memoria. La mujer tenía las rodillas y los nudillos tan hinchados que parecían grotescos y el dolor le había aplastado la piel marrón contra los huesos de la cara; eso hacía que los ojos parecieran duros como piedras en el río. Una vez la chica le preguntó qué le hacía eso al cuerpo de la vieja y la abuela levantó la vista de la bota de piel de foca que estaba cosiendo y la miró fijamente.
–Las articulaciones –dijo en voz baja, susurrando como viento que se cuela por el techo–, las articulaciones se hinchan de rabia.
A veces la vieja no le contestaba; lo único que hacía era mirarla. Cada año, hablaba menos que el anterior y el viejo hablaba más, a veces durante toda la noche, y a nadie excepto a sí mismo; con voz suave y pausada contaba historias mientras movía las manos marrones, suaves sobre las mantas. A pesar de que no estaba ni inválido ni enfermo, hacía muchos años que no cazaba ni pescaba con los otros hombres. Se quedaba todo el invierno en la cama, con olor a pescado seco y orina, contando historias; y cuando empezaba el clima cálido, se iba a su lugar en la orilla del río. Se sentaba allí y, con un palo largo de sauce, movía el musgo que quemaba para ahuyentar a los insectos mientras seguía contando las historias.
El problema fue que ella no reconoció las advertencias a tiempo. No se dio cuenta de lo que le iba hacer la escuela de los gussuck hasta que entró al dormitorio común de la residencia
y vio que lo que le había dicho el viejo sobre ese lugar era cierto. Ella pensó que él había tratado de asustarla como cuando ella era muy chiquita y la abuela estaba afuera cortando pescado. Ella no le había creído lo que decía sobre la escuela porque sabía que él quería que ella se quedara ahí, en la cabaña, con él. Ella sabía lo que él quería.
La supervisora le bajó la ropa interior y le pegó con un cinturón de cuero porque ella se negaba a hablar en inglés.
–Esos anticuados de los pueblitos –dijo la supervisora de la residencia, una esquimal que había trabajado para la Agencia de Asuntos Indígenas durante mucho tiempo– tardaron mucho en mandar a ésta y ahora está demasiado grande para aprender. – Las otras chicas cuchicheaban en inglés. Sabían cómo hacer funcionar las duchas y se lavaban y rizaban el pelo de noche. Comían comida gussuck. Ella se acostaba en la cama y se imaginaba lo que seguramente cosía la abuela y lo que comía el viejo en su cama. Cuando llegó el verano, la mandaron de vuelta a casa.
La forma en que la abrazó la abuela antes de que se fuera a la escuela también había sido una advertencia porque hacía años que la vieja no la abrazaba ni la tocaba. A diferencia del viejo, cuyas manos siempre estaban cazando, como cuervos que giran en el cielo en círculos perezosos, listos para tocarla. A ella no la sorprendió que el cura y el viejo estuvieran esperándola en la pista de aterrizaje para decirle que la vieja se había ido. El cura le preguntó dónde quería quedarse. Se refirió al viejo como su abuelo pero ella ni se molestó en corregirlo. Ya había estado pensando en eso; si se iba con el cura, él la iba a mandar a una escuela. Pero el viejo era distinto. Ella estaba segura de que no iba a mandarla de vuelta a la escuela. Estaba segura de que él quería quedarse con ella.

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Una vez él le dijo que ella se iba a poner demasiado vieja para él antes de que él fuera
demasiado viejo para ella; pero ella tampoco le creyó porque a veces él mentía. Había mentido sobre lo que le iba a hacer si ella se metía en la cama de él. Pero cuando pasaron los años, ella se dio cuenta de que él decía la verdad. Ella se volvió inquieta y se puso fuerte. No tenía paciencia con el viejo, que nunca cambió los movimientos lentos y tranquilos bajo las mantas.
El viejo ya se había metido en la cama para el invierno; solamente se levantaba para usar el balde de agua sucia del rincón. Dormitaba con la boca abierta; incluso cuando soñaba, le temblaban los labios y a veces se le movían como si estuviera contando una historia. Ella se puso las botas de piel de foca, las mukluks forradas en franela roja que le había cosido la abuela y se ató las borlas trenzadas de hilo rojo alrededor de los tobillos, sobre los pantalones grises de lana. Se subió el cierre de la parka de piel de lobo. La abuela la había usado durante muchos años, pero el viejo le dijo que antes de morirse, ella le había dado instrucciones para que la enterrara con un viejo pulóver negro y le diera la parka a la chica. Las pieles de lobo eran plateadas y color crema, casi blancas en algunas partes, y cuando la vieja caminaba por la tundra en invierno, era invisible en medio de la nieve.
Ella caminó en dirección a la aldea, abriéndose paso en la nieve profunda. Cuando pasó por una casa en uno de los extremos de la aldea, le ladraron unos perros de trineo, atados afuera; ladraron estirando hasta el tope las cadenas que los sujetaban. Ella siguió caminando, buscaba las primeras estrellas de la noche en el cielo del atardecer. Hacía calor y los perros estaban alerta. Cuando hiciera frío otra vez, se quedarían quietos y se acurrucarían, demasiado aletargados por el frío para ladrar o tirar de las cadenas. Ella se rió con mucho ruido porque eso los hacía aullar y gruñir. Una vez el viejo vio cómo ella provocaba a los perros y meneó la cabeza.
–Así que esa es la clase de mujer que eres –dijo–, cuando llega el invierno, nosotros dos somos iguales a esos perros. Esperamos en el frío a que alguien nos traiga algunos pescados secos.
Ella se rió a con ruido otra vez y siguió caminando. Pensaba en los gussucks de las cuadrillas de petroleros. Eran raros; la miraban cuando ella caminaba cerca de las máquinas. Se preguntó cómo serían debajo de los pantalones acolchados de pluma de ganso. Quería saber cómo se movían. Seguramente serían distintos del viejo.

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El viejo le gritó. La sacudió por los hombros con tanta violencia que la cabeza de ella golpeó la pared de troncos.
–¡Lo olí! –gritó–. ¡Apenas me desperté! Estoy seguro ahora. ¡A mí no me engañas!– Le temblaban las piernas flacas dentro de los pantalones anchos; los pies descalzos se tropezaron con las botas de ella. Las uñas de los pies eran largas y amarillas como las garras de un pájaro; el verano anterior ella había visto a una grulla gris peleándose con otra en la parte baja a la orilla del río. Ella se rió de nuevo y movió el hombro para escaparse de esas manos. Él se quedó de pie frente a ella. Jadeaba y estaba temblando; parecía débil. Probablemente moriría el invierno siguiente.
–Te lo advierto –dijo–, te lo advierto. –Después volvió gateando a la cama y sacó un pedazo de pescado seco que estaba bajo la vieja almohada manchada de plumas. Apoyó la cabeza sobre la almohada y se quedó mirando el techo mientras masticaba tiras de salmón seco–. No sé qué te habrá contado la vieja –dijo–, pero va a haber problemas. –Volteó la cabeza para ver si ella lo estaba escuchando. De pronto se le relajó la cara en una sonrisa; los ojos oscuros y achinados se le perdieron en arrugas de piel marrón–. Yo podría decírtelo, pero eres demasiado buena ahora para recibir advertencias. Huelo lo que estuviste haciendo con los gussucks toda la noche.
Ella no entendía por qué iban, porque el pueblito era chico y estaba tan lejos río arriba que había hasta algunos esquimales que se habían ido a la escuela decidían no volver. Se quedaban en el pueblo, río abajo. Decían que el pueblito era demasiado tranquilo. Estaban acostumbrados al pueblo grande —donde estaba el internado—, con luces eléctricas y agua corriente. Después de pasar tantos años en la escuela en otro lado, habían olvidado cómo poner las redes en el río y dónde cazar focas en otoño. Cuando ella le preguntó al viejo por qué los gussucks se tomaban la molestia de ir al pueblito, los ojos angostos del viejo brillaron con entusiasmo.
–Vienen solamente cuando hay algo para robar. Ahora les es muy difícil cazar animales para sacarles la piel y las focas y los peces no son fáciles de encontrar. Ahora vienen por el petróleo que está bien enterrado en la tierra. Pero ésta es la última vez para ellos. –Tenía la respiración agitada y jadeaba; las manos se movían en gestos que señalaban al cielo–. Se está acercando. Cuando se acerque, el hielo va a atravesar el cielo. –Tenía los ojos bien abiertos y se quedó mirando las vigas bajas del techo sin pestañear durante horas. Ella se acordaba perfectamente de todo eso porque fue ese día cuando él empezó a contar la historia, la historia que siempre contó a partir de entonces. Empezaba con un oso gigante que él describía músculo por músculo, desde la curva de las garras de marfil hasta los rizos de pelo en la punta de la cabeza enorme. Y por ocho días seguidos el viejo no durmió: no hizo otra cosa que hablar sin cesar del oso gigante que tenía el color azul pálido del hielo del glaciar.
La nieve estaba sucia y pisoteada en un sendero que llegaba hasta la puerta. De los dos lados del sendero, la nieve sobrepasaba la cabeza de ella. Frente a la puerta, había manchas amarillas irregulares de nieve derretida en los lugares donde habían orinado los hombres. Ella se detuvo en la entrada y se sacudió la nieve de las botas. La habitación estaba poco iluminada; el farol de kerosene que había junto a la caja registradora tenía una llama baja. Los largos estantes de
madera estaban abarrotados de latas de porotos y carnes en conserva. En el estante inferior había un frasco de mayonesa roto del que goteaban coágulos blancos aceitosos. No había nadie en la habitación excepto el perro amarillento que dormía frente a la larga vitrina. Por el reflejo, parecía que el perro estaba recostado sobre los cuchillos y las municiones que había adentro de la vitrina. Los gussucks dejaban que los perros vivieran con ellos dentro de las casas; parecía que no les molestaban los olores que emanaban de los perros.
–Ellos nos dicen que somos sucios por la comida que comemos: pescado crudo y carne fermentada. Pero nosotros no vivimos con perros –había dicho el viejo una vez. Ella oyó voces en la habitación de atrás, y un ruido de botellas que se apoyan con fuerza sobre alguna mesa.
Ellos siempre estaban seguros de sí mismos. El primer año esperaron a que se rompiera el hielo del río y después trajeron las grandes máquinas amarillas río arriba en balsas. Planeaban cavar los pozos de exploración durante el verano para evitar el congelamiento. Pero las huellas y las tumbas de las máquinas todavía estaban allí, en el borde de la tundra sobre el río, donde se las había tragado el barro del verano antes de que perdieran de vista el río. Los habitantes del pueblito se habían reunido para mirar a los blancos y reírse mientras ellos bajaban una por una las máquinas gigantes por la rampa de acero a los pantanos; como si bastaran grandes cantidades de vehículos para hacer que la tundra fuera sólida. Pero el viejo dijo que ellos actuaban como desesperados y que iban a volver. Cuando la tundra estuvo sólida y congelada, volvieron.
Las mujeres del pueblito ni se asomaban para mirar a través de la puerta que daba a la habitación de atrás. El cura les había advertido. El encargado de la tienda la estaba mirando porque no dejaba que los esquimales ni los indios se sentaran en las mesas de la habitación de atrás. Pero ella sabía que él no podía echarla si uno de los clientes gussuck la invitaba a sentarse con él. Cruzó la habitación. Ellos se quedaron mirándola pero ella tuvo la sensación de
que estaba caminando para alguien más, no ella misma, por eso no prestó atención a esos ojos. El pelirrojo apartó una silla de la mesa y le hizo un gesto para que se sentara. Ella giró la cabeza para mirar al encargado mientras el pelirrojo le servía un vaso de vino tinto dulce. Ella quería reírse del encargado como se reía de los perros que tensaban las cadenas y le aullaban.
El pelirrojo siguió hablando con los otros gussucks que estaban sentados alrededor de la mesa, pero ella deslizó una de las manos que tenía apoyada sobre la mesa para tocarle el muslo. Miró al encargado para ver si él la seguía mirando. Se rio de él con ruido y el pelirrojo dejó de hablar y volvió la cara para mirarla. Le preguntó si quería irse. Ella asintió y se puso de pie.
Alguien en el pueblito le había estado contando cosas sobre ella, dijo el hombre mientras caminaban en dirección al trailer de él. Eso fue lo que ella llegó a entender de lo que estaba diciendo él; el resto ni siquiera lo oyó. El quejido de los grandes generadores del campamento de construcción chupaba el sonido de las palabras. Pero a ella el inglés ya no le importaba, y tampoco lo que dijeran de ella o del viejo los cristianos del pueblito. Sonrió al ver el efecto del aire bajo cero sobre las luces eléctricas alrededor de los tráilers; no brillaban. Solamente dejaban hendiduras amarillas horizontales en la oscuridad.
Él tardó un rato largo en prepararse, incluso después de que ella se desvistiera para él. Ella esperó en la cama, bien arropada bajo las mantas, mirándolo. Él ajustó el termostato y, después de encender las velas de la habitación, apagó las luces eléctricas. Buscó en una pila de discos hasta que encontró el indicado. Ella no estaba segura de entender lo último que hizo él: pegó algo con cinta en la pared detrás de la cama en un lugar donde lo vería bien cuando estuviera encima de ella. Estaba arrugado y blanco por el frío; presionó el cuerpo contra el de ella en busca de calor. Guio las manos de ella hasta sus propios muslos; temblaba.
Ella había vuelto una última vez porque quería saber qué era lo que había pegado él en la pared por encima de la cama. Todas las veces, después de terminar, él se estiraba y lo despegaba y después lo doblaba con cuidado para que ella no lo viera. Pero esa vez ella estaba
lista; esperó a escuchar la respiración agitada de él y verlo colapsar súbitamente. Se deslizó
para salir de debajo del cuerpo y se puso de pie junto a la cama. Se quedó mirando la foto
mientras se vestía. Él no levantó la cara de la almohada y ella creyó oír dientes que
castañeaban cuando salió de la habitación.
Cuando entró a la casa, oyó que el viejo se movía. Después del tráiler del gussuck, la
cabaña de troncos parecía fría. Olía a pescado seco y carne curada. La habitación estaba casi
completamente a oscuras, salvo por la llama que titilaba en la ventana de mica de la estufa. Ella
se puso en cuclillas frente a la estufa y se quedó mirando las llamas durante un rato largo antes
de caminar hacia la cama donde había dormido su abuela. La cama estaba cubierta por una pila
de trapos y pedazos de pieles que había guardado la vieja. Ella metió una mano en la pila y
buscó hasta que sintió algo frío y sólido envuelto en una manta de lana. Movió los dedos
alrededor de la manta hasta que sintió que tocaba piedra suave. Hacía mucho tiempo, antes de
que vinieran los gussucks, todos ellos habían quemado aceite de ballena en la gran lámpara de
piedra que daba luz y también calor. La vieja había guardado todo lo que iban a necesitar
cuando llegara el momento.
De mañana, el viejo sacó un pedazo de carne seca de caribú que había guardado debajo
de las mantas y se la ofreció. Mientras ella no estaba, algunos hombres del pueblito le habían
traído al viejo algo de carne seca. Ella la masticó lentamente, pensando en los hombres que
todavía venían del pueblito a cuidar al viejo, a cuidar sus historias. Pero ahora ella tenía una
historia, sobre un gussuck pelirrojo. El viejo sabía en qué estaba pensando ella, y la sonrisa en
esos labios hizo que la cara del viejo pareciera más redonda de lo que era.
—¿Y? —dijo él—. ¿Qué era?
—Una mujer con un perro grande que la montaba.
Él se rio sin ruido, para sí mismo, y caminó hasta el barril de agua. Sumergió el jarro de
hojalata en el agua.
—No me sorprende —dijo.

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—Esa mañana había algo rojo en el pasto, abuela —dijo ella—. Yo me acuerdo. —Nunca antes
había hecho preguntas sobre sus padres. La vieja dejó de abrir al medio los vientres de los
pescados que estaba poniendo a secar en los armazones de madera de sauce. Los músculos de
la mandíbula sSe le tensaron tanto contra el cráneo que la chica pensó que no iba a poder
hablar.
—Trajeron una lata llena que les había dado el encargado de la proveeduría. De noche,
tarde. Él les había dicho que ese alcohol se podía tomar. A cambio, le dieron un rifle. —La voz
de la vieja sonaba como si cada palabra que decía le sacara fuerza —. Tener o no tener rifle
daba lo mismo. Ese año habían venido los barcos gussucks y les habían disparado a las morsas
y a las focas con pistolas grandes. Después de eso, ya no quedaba nada para cazar. Por eso…
—dijo la vieja en una voz baja y suave que la chica no había oído en mucho tiempo—, no les
dije nada cuando se fueron esa noche.
‘‘Justo por ahí —dijo señalando en dirección a los postes caídos parcialmente
enterrados en la arena del río y en los pastos altos —, en el refugio de verano. Para esa época,
el sol estaba sobre el horizonte la mitad de la noche. Esa mañana temprano, cuando todavía
estaba bajo, vino el policía. Le dije al intérprete que le dijera que los había envenenado el
encargado de la proveedurí—. Dibujó con gestos en el aire frente a ella para mostrar cómo
había visto los cuerpos tendidos sobre la arena, retorcidos; contar la historia era tan laborioso
como caminar a través de nieve profunda; el sudor le brillaba bajo el pelo blanco que le cubría
la frente—. También le conté al cura, cuando vino. Le dije que el encargado mentía. —Se dio
vuelta para darle la espalda a la chica. Apretó aún más la mandíbula, los labios bien cerrados,
no de pena o de rabia, sino para contener el dolor, que era lo único que quedaba —. Nunca fui
creyente —dijo ella—, o nunca fui muy creyente. No me sorprendió que el cura no hiciera nada.
El viento soplaba desde el río y doblaba los pastos altos sobre sí mismos, como olas en el río. Ella sintió el silencio que dejaba la historia y quiso que la vieja siguiera adelante.
—Oí sonidos esa noche, abuela. Sonidos como de alguien que cantaba. Había luz afuera. Vi algo rojo en el suelo. —La vieja no le contestó; caminó hasta el balde lleno de pescado, en el suelo, junto al banco de trabajo. Clavó el cuchillo en la panza de un pescado y lo levantó para apoyarlo sobre el banco.
—Justo después de eso, el comerciante gussuck se fue del pueblito —dijo la vieja mientras destripaba al pescado—, si no, tendría más cosas para contarte. —La voz de la vieja se fue volando en el viento que soplaba desde el río; nunca más hablaron de eso.
Cuando los sauces tuvieron hojas y el pasto creció en las orillas del río y en los pantanos, ella empezó a salir a caminar temprano de mañana. Mientras el sol todavía estaba bajo en el horizonte, oía el viento que soplaba desde el río; el sonido era como la voz que había oído ese día tanto tiempo antes. A lo lejos, oía los motores de la maquinaria que habían dejado las cuadrillas de excavación el invierno anterior, pero no se acercaba ni al pueblito ni a la proveeduría. El sol nunca desaparecía del cielo y el verano se convirtió en un único día largo: solo estaban los vientos para avivar el resplandor o permitirle apagarse en un crepúsculo.
Ella se sentaba junto al viejo en su lugar, a orillas del río. Atizaba para él el fuego del que solamente salía humo y sentía que se ensanchaba y afinaba bajo el sol, como si la hubieran abierto al medio, de la garganta hasta el vientre, y la hubieran dejado colgada del palo de sauce para prepararla para el invierno que se acercaba. El viejo ya no hablaba. Cuando los hombres del pueblito le traían pescado fresco, él lo escondía debajo de los pastos del río, donde estaba fresco. Después de que él se iba adentro, ella abría los peces al medio y los ponía a secar en el armazón de madera de sauce tal como había hecho antes la vieja. Adentro, él dormitaba y
hablaba solo. Había hablado todo el invierno, en voz baja y sin parar, sobre el oso polar que acechaba a un cazador solitario en el hielo sobre el mar de Bering. Después de todos los meses que había pasado el viejo contando la historia, el oso ahora estaba a treinta metros del hombre; pero la niebla helada ya los había rodeado y el hombre solamente sentía el penetrante olor a amoníaco del oso y oía cómo crujía el borde de la costra de nieve bajo las patas gigantes.
Una noche ella oyó que el viejo contaba la historia en sueños durante toda la noche, lo oyó describir uno por uno los cristales de hielo y los distintos sonidos, variaciones sutiles, que hacían bajo las patas del animal; primero, la pata delantera izquierda y después, la derecha, después, las patas traseras. De pronto, la abuela estaba ahí, una sombra cerca de la estufa. Habló en una voz baja que se perdía en el viento y la chica tuvo miedo de incorporarse para oír mejor. Tal vez lo que dijo era para el viejo porque él dejó de contar la historia y empezó a roncar un poco, como hacía tanto tiempo, cuando la vieja lo retaba porque contaba sus historias mientras los demás en la casa estaban tratando de dormir. Pero las últimas palabras que dijo la vieja, ella las oyó con claridad:
—Va a llevar mucho tiempo pero la historia tiene que contarse. No puede haber mentiras. — La chica estiró las mantas hasta que le llegaron al mentón, lentamente, para que los movimientos fueran imperceptibles. Pensó que la abuela se refería a la historia del oso del viejo; en ese momento, no conocía la otra historia.
Cuando ella se fue, el viejo jadeaba y roncaba en la cama. Ella caminó junto al río a través del pasto que brillaba con la escarcha; ya se estaba apagando el color verde intenso del verano. Miró cómo se movía el sol a través del cielo: más bajo ya en el horizonte, ya cada vez más lejos del pueblito. Se detuvo junto a los postes caídos del refugio de verano donde habían muerto sus padres. También había escarcha brillante sobre la arena del río; en un par de semanas, habría nieve. La aurora sería del color de una vieja. Un cielo como una vieja llena de nieve. Había habido algo rojo en el suelo la mañana en que ellos murieron. Ella lo buscó otra
vez, moviendo el pasto a un costado con el pie. Se arrodilló en la arena y buscó algún rastro bajo la estructura caída. Cuando lo encontrara, sabría lo que nunca le había contado la vieja. Se puso en cuclillas cerca de los postes grises y apoyó la espalda contra ellos. El viento le dio escalofríos.
La lluvia del verano había lavado el barro entre los troncos; los bloques de pasto, apilados junto a las paredes de troncos, en pilas que le llegaban hasta la panza, habían perdido los ángulos rectos y se habían convertido en montículos blandos de musgo de la tundra y de pasto de hojas duras que se doblaban bajo el peso de ramilletes de espigas con semillas. Ella miró hacia el noroeste, en dirección al Mar de Bering. El frío vendría desde allá buscando grietas angostas en el barro, agujeros de agua de lluvia en la capa exterior de pasto que protegía la cabaña de troncos. La tundra verde oscura se extendía, chata y continua. En algún lugar, se encontraban la tierra y el mar; por el color verde oscuro de ambos, ella sabía que no había límites entre los dos. Así iba a venir el frío: cuando los límites desaparecieran, el hielo polar atravesaría la tierra y llegaría al cielo. Ella se quedó mirando el horizonte un rato largo. Se quedaría de pie en ese lugar del lado norte de la casa y vigilaría el horizonte del noroeste y, llegado el momento, lo vería venir. Lo vería acercarse en las estrellas y lo oiría llegar con el viento. Esos preparativos no eran familiares para ella pero, poco a poco, empezaba a reconocerlos como reconocía sus propias huellas en la nieve.

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Dos veces por día, vaciaba el balde de agua sucia que estaba junto a la cama del viejo y mantenía el barril lleno de agua derretida del hielo del río. Él ya no la reconocía y, cuando le hablaba, la llamaba por el nombre de la abuela y le decía cosas sobre personas y hechos muy anteriores en el tiempo, y después seguía contando la historia. El oso gigante se arrastraba lentamente panza abajo a través de la nieve nueva, tan cerca que ahora el hombre oía la
respiración áspera del animal. Una y otra vez, en una voz suave, cantada, el viejo acariciaba la historia, repitiendo las palabras como caricias delicadas.
El cielo estaba gris como el huevo de una grulla de río; su densidad se curvaba y entraba en la delgada corteza de escarcha que ya cubría la tierra. Ella miró el color rojo intenso de la hojalata contra el suelo y contra el cielo y dijo a los hombres del pueblito que trajeran los pedazos para el viejo y para ella. Para cavar los pozos de exploración en la tundra, los gussucks habían usado cientos de barriles de combustible. Los del pueblito abrieron al medio los barriles vacíos que habían quedado abandonados a la orilla del río y golpearon la hojalata roja hasta convertirla en láminas aplanadas. Los del pueblito usaban las láminas para arreglar las paredes y los techos en invierno. Pero ella clavó la hojalata a las paredes de troncos por el color. Cuando terminó, se alejó con el martillo en la mano y no se dio vuelta hasta que estuvo lejos, en el terraplén sobre las orillas del río, y, entonces, miró hacia atrás. Sintió un escalofrío cuando vio cómo el cielo y la tierra ya estaban perdiendo los límites, ya se estaban fundiendo el uno en la otra. Pero la hojalata roja penetraba el denso color blanco del cielo y de la tierra; definía los límites como una herida que deja ver las costillas y el corazón de un gran caribú que está a punto de salir corriendo, de quedar para siempre fuera del alcance del cazador. Esa noche el viento aulló y, cuando ella hizo un agujero con la uña en la densa escarcha que se había formado en el lado interno de la ventana, no vio nada más que el blanco impenetrable; si era nieve que volaba en el viento o nieve que se había acumulado hasta la altura de la casa, no sabía.
Había llegado de pronto y ella se quedó de pie de espaldas al viento, mirando el río, el agua como humo con coágulos de hielo. El viento había depositado la nieve sobre el río congelado, escondiendo finas vetas azules donde corría agua rápida bajo hielo traslúcido y frágil como la memoria. Pero ella veía sombras de límites, trazas de senderos que eran ramas delgadas de solidez que se extendían desde la tierra. Se pasó días caminando sobre el río:
miraba los colores de hielo que la sostenían, segura, daba patadas contra la corteza de nieve con el taco de la bota, buscaba un sonido sólido. Cuando llegó a sentir los senderos a través de las plantas de los pies, fue hasta la mitad del río donde se arremolinaba el agua rápida, grisácea bajo una delgada ventana de hielo. Miró hacia atrás. En la orilla del río, a lo lejos, vio la hojalata roja clavada en la cabaña de troncos, una cosa que no se había tragado el pesado vientre blanco del cielo, que no había quedado atrapada en los pliegues de la tierra congelada. Ya era hora.
La piel de lobezno que forraba la capucha de la parka se había vuelto blanca con la escarcha de su respiración. El calor dentro de la proveeduría derritió la escarcha y ella sintió que le caían gotitas de agua sobre la cara. El comerciante salió de la habitación de atrás. Ella se bajó el cierre de la parka y se quedó de pie junto a la estufa de aceite. No lo miró; en cambio, dirigió la vista hacia el perro amarillento que dormía frente a la estufa, el lomo cubierto de mechones de pelo enmarañado y apelmazado. Ella pensó en la foto que había pegado el gussuck en la pared sobre la cama y se rió con ruido. El sonido de la risa era penetrante; el perro amarillo se puso de pie de un salto y se le erizaron los pelos de la espalda. El comerciante estaba mirándola. Ella quiso reírse otra vez porque él no sabía lo del hielo. Él no sabía que el hielo estaba avanzando sigilosamente sobre la tierra ni que ya se había metido en el cielo por la fuerza para apoderarse del sol. Ella se sentó en la silla junto a la estufa y se soltó el pelo largo. Él era como un perro que pasaba todo el invierno atado, mirando cómo les daban de comer a los otros perros. Se acordó de cuando ella se había ido con los hombres que trabajaban en las cuadrillas del petróleo y los ojos azules se movieron como moscas, atraídos por el cuerpo de ella. Tenía los labios finos y pálidos, como si quisiera escupirle. Él odiaba al pueblo porque tenía algo de valor, decía el viejo, algo que los gussucks nunca iban a tener. Creían que podían sacárselo, succionarlo de la tierra o cortarlo de las montañas; pero eran unos tontos.
Había una madeja apelmazada de pelo de perro en el suelo junto al pie de ella. Ella pensó en el aislante amarillo desprendido: la defensa contra el congelamiento se caía a pedazos justo cuando el frío avanzaba hacia ellos. El hielo estaba agazapado en el horizonte noroeste como el oso del viejo. Ella se rió con ruido otra vez. El sol ya estaría bajo; ya era hora.
La primera vez que él le habló, ella no oyó lo que dijo, así que no le contestó, ni siquiera levantó la vista para mirarlo. Él le habló otra vez pero las palabras eran solamente ruidos que salían de esa boca pálida, temblorosa ahora por la furia que empezaba a desatarse en él. Él la levantó de un sacudón y la silla cayó hacia atrás detrás de ella. A él le temblaban los brazos y ella sintió cómo se le tensaban también las manos mientras le tironeaban de los bordes de la parka. Él levantó el puño para pegarle, el cuerpo flaco le temblaba de rabia, pero el puño se desplomó a causa del deseo que sentía él por las cosas de valor, deseo que como había dicho con razón el viejo, era lo único que los había traído hasta allí. Ella oyó que el corazón de él latía con fuerza cuando la acercó hacia él y arqueó la cadera contra ella, gimiendo y jadeando. Ella se retorció para soltarse y se agachó para pasar por debajo de esos brazos y escapar.
Corrió con un mitón sobre la boca, respirando a través de la piel para proteger los pulmones del aire congelado. Oyó que él corría tras ella: la respiración agitada, el ocasional tintineo de metal contra metal. Pero él corría sin parka y sin mitones, respirando el aire congelado; el fuego del hielo le aplastaba los pulmones contra las costillas y ya era bastante que no la hubiera atrapado cerca del negocio. En la orilla del río, él se dio cuenta de lo lejos que estaba de la estufa y de los manojos de aislante amarillo que detenían el frío. Pero la chica no era capaz de correr a gran velocidad a través de los profundos bancos de nieve a la orilla del río. Era un crepúsculo luminoso y él todavía alcanzaba a ver con claridad a gran distancia; sabía que era capaz de atraparla así que siguió corriendo.
Cuando ella se acercó a la mitad del río, miró hacia atrás. Él no estaba siguiendo las huellas de ella; cruzaba por el hielo del río en línea recta, corriendo la menor distancia posible para alcanzarla. Ahora estaba cerca; la cara, retorcida y escarlata por el esfuerzo y por el frío. Había satisfacción en esos ojos: él estaba seguro de que era capaz de correr más rápidamente que ella.
Ella estaba familiarizada con el río, hasta con el instante en que el hielo se flexionaba en finas grietas y los crujidos de hueso plateado que se quiebra ganaban fuerza mientras el hielo se abría para liberar finalmente el agua gris y turbulenta. Ella se detuvo y se dio vuelta cuando oyó el sonido del río y el repiqueteo de los fragmentos de hielo que se arremolinaban donde había caído él. Entonces se sacó un mitón y se subió el cierre de la parka hasta la garganta. Ahora era consciente de su propia respiración agitada.
Se movió lentamente, golpeando el hielo que tenía delante con el taco de la bota, buscando tendones de hielo que la sostuvieran. Miró hacia delante y alrededor; en el crepúsculo, el denso cielo blanco se había fundido con la tundra chata, cubierta de nieve. En la carrera frenética, ella había perdido su lugar sobre el río. Se quedó quieta. La orilla este del río se perdía en el cielo; el blanco congelado se había tragado los límites. Pero entonces, a lo lejos, ella vio algo rojo, y de pronto, fue tal como lo había recordado todos esos años.

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Se sentó en la cama y, mientras esperaba, escuchó al viejo. El cazador había encontrado un pequeño montículo irregular sobre el hielo. Se sacó el gorro de piel de castor que tenía en la cabeza; la piel del interior soltaba el vapor que se formaba con el sudor y el calor del cuerpo. Él dejó el gorro sobre el hielo con la abertura hacia arriba para que el gran oso lo viera y esperó sobre el montículo de hielo, contra el viento; tenía el cuchillo de jade en la mano.
Ella creyó ver el final de la historia en la forma en que el viejo dejaba salir las palabras, con jadeos; pero él metió la mano en la reserva de pescado seco y se tiró agua en la boca con el jarro de hojalata. Toda la noche, ella lo escuchó describir cada respiración del hombre, cada movimiento de la cabeza que hacía el oso para percibir el sonido de la respiración del hombre mientras buscaba rastros de él en el viento.

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El policía del estado le hizo preguntas y la señora que limpiaba la casa del cura las tradujo al yupik. Querían saber qué le había pasado al comerciante, al gussuck que habían visto corriendo tras ella por el camino que iba hacia el río bien entrada la tarde. No había vuelto y el jefe gussuck de Anchorage estaba preocupado por él. Ella no contestó durante un tiempo largo porque el viejo de pronto se sentó en la cama y empezó a hablar, muy excitado, mirándolos a todos: el policía de anteojos oscuros y la señora de parka de pana. Una y otra vez decía:
–¡La historia! ¡La historia! ¡Ea! ¡El gran oso! ¡El cazador!
Le preguntaron otra vez, qué le había pasado al hombre del almacén Comercial del Norte.
—Él les mintió. Les dijo que eso se podía tomar. Pero yo no voy a mentir. —Ella se puso de pie y se puso la parka de piel de lobo gris—. Yo lo maté—dijo ella—, pero no miento.
El abogado volvió otra vez y el guardia deslizó las puertas de acero y abrió la celda para dejarlo entrar. El letrado hizo señas al guardia para que se quedara a traducir. Ella rio cuando vio que ese gussuck iba a obligar al guardia a hablarle en yupik. A ella le gustó el abogado gussuck, le gustó por eso y por el pelo ralo. Él era muy alto y a ella le gustaba pensar en la exposición de esa cabeza al frío glacial; se preguntó si él sentiría el hielo que bajaba desde el cielo antes que los demás. Él quería saber por qué le había dicho ella al policía estatal que
había matado al comerciante. Algunos chicos de la aldea habían visto lo que pasó, dijo él, y fue un accidente.
–Eso es lo único que tienes que decirle al juez: fue un accidente. –Él se lo siguió repitiendo a ella, lo repitió una y otra vez, lentamente, con voz fuerte pero amable–: Fue un accidente. Él te estaba corriendo y cayó al agua a través del hielo. Eso es lo único que tienes que decir en la corte. Eso es todo. Y ellos te van a dejar ir a casa. De vuelta a la aldea. –El guardia tradujo las palabras de mala gana, mirando al suelo. Ella sacudió la cabeza.
–No voy a cambiar la historia, ni siquiera para escapar de este lugar y volver a casa. Mi intención era que él muriera. Hay que contar la como es. –El abogado exhaló con fuerza; los ojos parecían cansados.
–Dígale que no pudo haberlo matado de esa forma. Él era blanco. Corrió tras ella sin parka ni guantes. Ella no pudo haber planeado eso. –Hizo una pausa y se dio vuelta hacia la puerta de la celda. –Dígale que voy a hacer todo lo que pueda por ella. Voy a explicarle al juez que ella tiene la mente confundida. –Ella rio en voz alta cuando el guardia tradujo lo que dijo el abogado. Los gussucks no entendían la historia; no veían la forma en que había que contarla, año tras año, como había hecho el viejo, sin pausa ni silencio.
Ella miró el cielo blanco congelado a través de la ventana. El sol se había desprendido del hielo finalmente, pero se movía como un caribú herido que corre con la fuerza que encuentran solamente los animales moribundos, saltando y corriendo a fuerza de pulmones destrozados por balas. La luz era débil y pálida; penetraba las nubes suavemente. Ella se dio vuelta y miró al abogado gussuck.
–Empezó hace mucho tiempo –recitó en un tono constante–, en verano. Temprano en la mañana, me acuerdo, algo rojo en los pastos altos del río…

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El día después de la muerte del viejo, vinieron hombres de la aldea. Ella estaba sentada en el borde de la cama, frente a la mujer que contrató el policía estatal para que la vigilara. Entraron a la habitación lentamente y la escucharon. Al pie de la cama dejaron un salmón real que habían abierto al medio y secado el verano anterior. Pero ella no hizo ninguna pausa ni dudó; siguió con la historia y nunca se detuvo, ni siquiera cuando la mujer se puso de pie para cerrar la puerta detrás de los hombres de la aldea.
El viejo no quiso cambiar la historia ni siquiera cuando supo que se estaba acercando el final. Ninguna mentira podría detener lo que se venía. Él se movió en la cama de un lado a otro, tirando de las mantas hasta aflojarlas, golpeando bultos de carne y pescado seco en el suelo. El cazador había pasado muchas horas sobre el hielo. Los vientos helados de la loma de hielo le habían entumecido las manos dentro de los mitones y el frío lo había agotado. En un solo músculo de la mano, sintió un temblor que no conseguía detener y el cuchillo de jade se le cayó; se hizo añicos contra el hielo y el oso azul de glaciar se dio vuelta lentamente para enfrentarlo.

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