Consumación

“Las leyes, las costumbres, les conceden el derecho de medir el espíritu. Esta jurisdicción soberana y terrible, ustedes la ejercen con su entendimiento. No nos hagan reír. La credulidad de los pueblos civilizados, de los especialistas, de los gobernantes, reviste a la psiquiatría de inexplicables luces sobrenaturales.”
 
Antonin Artaud

Se dice de los que consumen paco, ser unos desamparados, alienados y enfermos.

Es estar condenados socialmente.

Los oligopolios, es decir la concentración de mercancías por un número reducido de vendedores, de comerciantes, de proxenetas de artículos de consumo y, de donde se deriva por yuxtaposición una concentración de beneficios económicos, como también un control de acceso a dichos productos. Es en la más primitiva teoría económica imaginaria de oferta y demanda, una suerte de condición por hábito, de donde se intenta interpretar, o al menos, dar carácter explicativo, a los rodeos de consumo. Hay algo que no cierra en dicha fantasía.

La oligofrenia, tipificación de segregación que busca señalar una deficiencia o discapacidad intelectual dentro del comercio de valores de reconocimiento. Ahí mismo donde se señala al ser “normal”, y se lo certifica adaptado a las coordenadas de consumo impuestos para un “bien estar” en relación al habitar en comunidad. Si no cumple con los requisitos eugenésicos se lo condena en nombre de la protección social, en resguardo de la colectividad. Cárceles y laboratorios, institucionalización de la justicia social. Discurso de propiedad, certificación de humanidad.

Es la cultura el recinto por excelencia, el templo del temple, el campo de batalla para los estigmatizados. Un cementerio plagado de fantasmas que recorren parcelas e invocan a los dioses una salvación, a lo sumo, circunstancial.

El onanismo, la mercadotecnia, el arte culinario, internet, periódicos, la televisión por cable, la chismetologia, las repeticiones de todo aquello que puede entrar en el orden del consumo, en la satisfacción de pasiones, o en su constante creación y excitación, donde el ser trata de hacerse resguardar de su fragilidad, de su endeble condición, de su inconmensurable mortandad. Arcaicos rituales de salvación, dramatización de un dolor antiguo.

Los chamanes contemporáneos, empresarios del fármaco, legisladores de la salud que han globalizado la prescripción médica del “buen vivir” al que todos debemos comulgar a fin de recibir la gracia que dona la suprasensible sabiduría.

Sócrates murió a los 70 años, condenado por la asamblea de Atenas. Fueron 280 votos a favor de condenarlo contra 220 en contra. El instrumento utilizado fue la cicuta.

Hoy por hoy, la cultura de consumo al que está condenado a ser habitado el ser, por así decirlo, habituado, y como también, maldito y segregado si no lo está; se vislumbra como una condición sine qua non, para reunir al ganado en contra de un enemigo imaginario amparado en argumentaciones santificadas por la santa “razón”. Paradigmas del siglo XXI. Costumbres arcaicas dirigidas al control social.

 

socrates

“La muerte de Sócrates” Pintura de 1787 realizada por Jacques Louis David

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