Suite de la Primavera Suiza

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SUITE DE LA PRIMAVERA SUIZA de Clarice Lispector

Invierno de Berna en túmulo que se abre—y he ahí el campo, mil hierbas. Hojas
nuevas, hojas, cómo separaros del viento. Un estornudo y después otro,
estornudos de la primavera, resfriada y atenta detrás del vidrio. Telas de araña
en los dedos, el pozo revelado en el jardín —pero qué perfume de acero
nuevo viene de las pequeñas flores amarillas y amarillitas. Hojas, hojas,
cómo separaros de la brisa. ¿Dónde esconderme en esta abierta claridad?
Perdí mis rincones de meditación. Pero si me pongo un vestido blanco y salgo…
quedaré perdida en la luz —y de nuevo perdida— y en el lento salto hacia el
otro plano perdida de nuevo —¿y cómo encontrar en esta ausencia mía la
primavera? Rosa, plancha mi vestido más negro. En estos planos de la calma
sucesiva —y en otro más— y en el otro más —seré el único yo posible, sólo un
mueble en un siglo y en otro siglo y en otro siglo de esta limpidez silenciosa,
oh inhóspita primavera. O tal vez corra por esta nueva época —atravesando este
nuevo mundo sin caminos— con mil estornudos brillantes y mil hierbas. Me
detendré jadeante sólo donde me lata el corazón, único marco en tu vacío,
primavera: yo de negro y tú de oro, yo con una flor en el cabello, tú con mil
flores en los cabellos y así nos reconoceremos. Incluso para
reconocernos, sostendré un libro en la mano y en la otra tanta vacilación, soy
alta y estoy resfriada: me reconocerás por el pañuelo y por los estornudos. Y
en medio de este odioso cielo vacío, que respiro, que respiro —te reconoceré por
tu ciego viento y por mi orgullosa floración de estornudos.
En esta durmiente primavera, en el campo el sueño de las cabras. En la
terraza del hotel el pez en el acuario. Y en las colinas el fauno solitario. Días,
días, días y después —en el campo el viento, el sueño impúdico de las cabras,
el pez hueco en el acuario— tu súbita tendencia primaveral al robo, y el fauno
ya colorido en saltos solitarios. Sí, pero hasta que venga el verano y haga
madurar para el otoño cien mil manzanas.
Como la fruta y tiro la mitad, nunca tuve piedad en la primavera. Bebo agua
directo de la fuente de la calle, no me seco la boca con el pañuelo, perdí el
pañuelo y perdí el invierno, nada lamento, nunca tuve piedad en la
primavera. De algún modo miro por el agujero de la cerradura y voy a visitarte
a la hora sagrada de tu sueño, nunca tuve piedad en la primavera. En cuanto a la
piscina, me quedo horas en la piscina, estremeciendo ante los últimos fríos del
invierno estremeciendo ante los primeros fríos de las hojas. ¡Mira la
piscina! Miro, áspera. Nunca tuve piedad en la primavera.
El insomnio levita la ciudad mal iluminada, no hay puertas cerradas ni
ventanas sin luz. ¿Qué esperan? Esperan.Los cines ya calientes están vacíos.
Alrededor de las lámparas de las calles la germinación. La última nieve hace
tanto tiempo se derritió. La margen del río, la invasión de las parejas sentadas
junto a las mesas, algunos niños somnolientos en el regazo, otros
dormidos en la dureza de la vereda. Las conversaciones son cansadas. Lo peor
es esa levedad despierta, los faroles de las calles de Berna zumbando de
zancudos. Ah, cómo, pero cómo caminamos. Polvo en las sandalias,
ningún destino. No, no se está poniendo bueno. Ah, por fin la Catedral, el abrigo,
la oscuridad.
Pero la Catedral está caliente y abierta.
Llena de mosquitos.

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