Esa toper blanca- Gustavo Moscona

Esa toper blanca

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Recuerdo que estábamos  presentándonos  en un aula pequeña del cuarto piso de la Facultad de  Ciencias Sociales, cuando todavía tenía la sede en Marcelo T de Alvear. Se trataba de la primera clase  de Sociología General. Y yo hacía esas preguntas que parecen tontas o ingenuas cada vez que empieza un cuatrimestre: ¿Por que entran a la carrera de Sociología? y ¿qué les gustaría hacer con el conocimiento?  Casi siempre las respuestas rozan con el compromiso y la revolución. Otros más cautos señalan que es  para entender la sociedad y que les gustaría investigar y hacer carrera académica.

Son muy pocos los que logran salir del molde en esas  respuestas. Igual es bueno recordar a una mujer que una vez nos dijo que se había cansado de ser conejo y qué cuando le preguntamos qué quería decir con eso, nos señaló que hasta el momento había tenido seis hijos para alegrar a su marido y que era hora de que ya hiciera algo por ella. Ahora que recuerdo, en plena crisis del 2001, a un pibe casi lo linchan en el aula, porque había dicho que se había metido en la carrera para tener una consultora y hacer mucha guita, su sinceridad disgustó a muchos, lo peor de todo es que lo logró.

Pero volvamos a esa tarde, a aquella aula pequeña del cuarto piso, fue ahí que  uno de los alumnos se presento ante nosotros como un  sobreviviente de Cromañón. Debo reconocer que al principio me causó gracia su respuesta y dije para mis adentros “bue, paraaaaaaaaaaá, ni que fueras sobreviviente de un campo  de concentración o de la guerra de Malvinas”. Cuando le pregunte con un poco de maldad ¿qué quería decir exactamente con eso de ser sobreviviente? Me respondió que él todas las noches de la manera en que sea, volvía ahí y que  nunca más pudo volver a dormir más de cuatro horas. Contó que tuvo que pisar muchas cabezas y abrirse a codazos para sobrevivir y que según él, los mejores, los más solidarios, los que no empujaban, los que volvían al lugar a rescatar gente a pesar de haber logrado salir, habían muerto , entre ellos su mejor amigo. Luego ante el silencio  de todos, señaló que eligió Sociología para ver si podía entender un poco más esto de ser humanos.

Al terminar la clase y luego de darles a todos la bienvenida y de explicarles qué había que leer a Durkhein para la próxima reunión y que debían hacer una reseña, baje a firmar a la sala de profesores, lo hice como pude, por las escaleras y mientras saludaba  a  conocidos, me quedé pensando en lo que había dicho aquel alumno.

 Recordé que cuando sucedió lo de Cromañón, estaba con mi mujer en España de vacaciones y que nos habíamos quedado tranquilos, cuando nos enteramos porque se trataba de una bailanta y seguro no había ningún conocido nuestro. Sin embargo cuando  supimos horas más tarde, que tocó Callejeros en ese lugar, en seguida pensamos en  Lucas, en un pendejo amigo, al que queríamos como si fuera nuestro hijo. De hecho Lucas se había quedado en casa, cuidando a Cacho, nuestro perro. 

Llamamos desesperados ese mismo día a Buenos Aires y por suerte nos  atendió Luquitas, riéndose de que todo el mundo lo daba por muerto, el boludo se había ido aquella tarde del trabajo, puteandose con el encargado, porque no le había dado  un vale  y  de puro manija, a pesar de tener  la entrada, prefirió ir a coger con una minita  que tenía mucha merca y lo había invitado  a ir a su casa  y colgó ahí. También nos dijo, que cuando llegó al día siguiente al trabajo, sin saber lo que había ocurrido, todos estaban llorando por él y lo abrazaban  y lo besaban como si  hubiera vuelto de la muerte y que desde  entonces, todos lo tratan bien.

Cuando a la noche estaba cenando con Cristina, le conté lo que me había sucedido ese día en la clase de Socio General y de mi recuerdo de nosotros en España preocupados por Lucas. Me dijo:- Mirá vos, lo que son las cosas, hoy justo me estaba acordando de aquel recital  que habíamos ido  a ver a Skay  en el El Teatro de Flores. Es verdad esa noche, fuimos con Oscar, un amigo mexicano y Ada, una colombiana, los dos estudiaban conmigo en la Maestría de Cultura y comunicación. Todavía podíamos ver en nuestro recuerdo, con lujo  de detalles la cara de sorprendidos de ellos dos, cuando en el medio  de las canciones, se prendían las bengalas y nosotros saltábamos felices por ese momento y nos reíamos del cagazo que ellos,  temían de que  se incendiara todo, nos decían a los gritos que era un lugar cerrado, que no se estaba pensando en las consecuencias que podía tener eso. Después discutimos  al final  del recital , ellos nos aseguraban que eso no era folklore, sino todo lo contrario, era cagarse en muchas personas y que podía terminar en una tragedia, para cortarlos en seco, además de no volvernos juntos en el mismo taxi,  la rematamos  con fundamento y orgullo diciéndoles en la cara  “Esto es Argentina amargos, todos los recitales acá son una fiesta” y nos despedimos ofendidos por su ignorancia e ingratitud.

Y bien ahora bien, fue en un fogón en el Lago Puelo, que le escuche decir a un flaco totalmente borracho en forma lastimosa y con voz muy baja, mientras estábamos fumando un porro, que había sido él, quien había tirado la bengala esa noche y que se quería matar, me aseguraba que había sido un accidente, que él no lo quiso hacer. En un momento  le pregunté “porque mierda me estas contando todo esto a mí”  y  asustado por lo que me había dicho,  se disculpó y me aseguró de que se trataba de un chiste  malo y después de eso me evitó toda la noche y nunca más lo volví a ver, ni sé su nombre siquiera. Créanme que estuve  tentado esa noche, de gritarle a la gente del fogón lo que me había contado ese pelotudo.

Hasta el día de hoy no sé porque no lo hice. Supongo que me imaginé que lo iban  a matar a patadas y golpes y yo no estaba seguro. Pensé en escribir un cuento con esa historia, pero un amigo me dijo que desechara esa idea, porque él conocía de cerca a mucho de los padres de las víctimas y los había visto organizarse en torno  a su dolor, pero el odio fue teniendo cada vez más lugar y a muchos ya no les  interesaba la justicia sino  por el contrario sólo querían venganza.

El año pasado murió Chaban y hubo personas que lo festejaron, porque decían que se había muerto un asesino. Yo lo recordé a mi manera, con dos momentos, uno en la puerta de Cemento, una vez haciéndonos pasar rápido  a todos los que estábamos en la calle, porque estaba la yuta llevándose a los pibes, el otro momento, tiene que ver con él arriba de la barra del bar con las manos en forma de parlante alrededor de su boca gritando “pancho y coca  a 2.50, compren chicos, compren chicos.”

El domingo pasado en Parque Centenario, un pibe morochito que  vende de todo, entre otras cosas, antigüedades, en la parte fea de la feria,  en la cual no hay nada artesanal me dijo “A usted que le gusta coleccionar cosas así, de otra época, tengo algo que le va a interesar” y me mostró una zapatilla Topper blanca todas sucia, las miré, la toqué, me reí y le dije ¿y esto? ¿Qué tiene que ver conmigo?  Son muy especiales, son históricas, son de esa noche, me dijo ¿cual noche? Pregunté. Esa, la de Cromañón  ¿y  vos cómo sabes que es de  ahí? Me confesó que a veces iba con unos  pibitos que están muy loquitos de tanta pasta base y que si bien los considera sus amigos, reconoce que  a veces se zarpan  ya que mean, cagan ahí y se llevan cosas. De hecho me aseguró que él se cogió la otra vez a una pibita y se tuvieron que ir rajando del lugar, porque jura que escucharon  voces.  ¿Para qué carajos las compraste? me preguntó Cristina ni bien las vio. No le respondí pero supuse que tiene algún valor para mí y por eso la compré a esa zapatilla topper blanca  número 37, pie izquierdo a doscientos pesos.

Al cuarto  día de haberla comprado y sin haber podido dormir durante tres noches decidí  llevarla de madrugada de nuevo al santuario de la calle Bartolomé Mitre. Era verdad que a pesar de haber un vallado, no había nadie y se podía entrar, sin problemas. Estaba todo abandonado, había un olor profundamente nauseabundo en el lugar, mezcla de orín, de algo quemado y podrido o descompuesto que no te permitía respirar, caminé unos pasos y la dejé junto a otras zapatillas que estaban en el suelo. Vi marcas de manos en las paredes húmedas, había trozos de banderas y  muchas velas en el suelo. En un momento me cagué  con el ruido que hizo un gato negro allá en el fondo. Después, apareció de la nada, una señora muy anciana que se abalanzó sobre mí, mientras me decía a los gritos ¡con qué derecho! ¡Con que derecho hijo de puta entras así! Me lo decía totalmente fuera de sí .Como pude  le expliqué:- Señora hace tres noches que sueño con lo mismo, veo pibes que se estrellan una y otra vez con una pared y otra pared y esa puta puerta que no abre. Por momentos hacen pilas hasta arriba y casi tocan el techo. Créame que durante tres noches vi a una chica hermosa, era una mocosa tendría unos 15 años, de unos ojos azules tan profundos capaces de iluminar una vida que estaba llorando, tenía la remera del grupo y se la veía desmelenada, corría de un lugar a otro, con los  brazos en alto, y gritaba cosas que no pude entender que decían, estaba descalza  y  supuse que entre otras cosas, ella quería su zapatilla blanca.

 

 

 

 

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