SOBRE EL EXTERMINISMO

 

SOBRE EL EXTERMINISMO

PETER SLOTERDIJK


 

 

       El dato de nacimiento del exterminismo moderno como empresa e institución se puede determinar con exactitud. Se trata de los decretos leninistas sobre el terror rojo, del 5 de septiembre de 1918, en los cuales se dice expressis verbis que hay que encerrar a los enemigos de la Unión Soviética en campos de concentración, para ir eliminándolos paso a paso. Este modo de proceder, proyectado en los primeros años como algo provisional, fue mantenido de forma masiva hasta los años cincuenta, y, en versiones mitigadas, hasta los años ochenta del siglo XX, al final con la cooperación de la psiquiatría soviética, que se apoyaba en el axioma de que en el descontento con las formas de vida del socialismo real se ha de reconocer el síntoma de una enfermedad psíquica grave.

 

       Las fechas cantan: el mundo de los campos de concentración nazis duro apenas doce años, los de la Unión Soviética casi setenta, y los del maoísmo al menos cuarenta años, con largos epílogos en el sistema penitenciario del capitalismo autoritario de la China actual. Lo cual significa que el exterminismo soviético pudo estar difundiendo sus copias durante tres generaciones y el maoísta hasta una segunda generación, extendiéndose las sombras de su actuación hasta el día de hoy: el sistema laogai –que quiere decir, literalmente, «reeducación mediante el trabajo»– ha alcanzado a más de cincuenta millones de personas y extirpado a una tercera parte de ellas. Hay que agradecer al antifascismo de todos los colores la tenacidad con la que ha puesto en la picota las monstruosidades hiper-maladaptativas del Estado nazi, sobre todo el holocausto, esa síntesis alemana de amok y rutina. Sigue siendo digna de mención la asimetría evidenciada en la «elaboración» del tema: los «antifascistas» de orientación soviética o maoísta siempre han eludido la cuestión de qué es lo que les lleva a tratar con tantísima mayor discreción los excesos, cuantitativamente aún mayores, ocurridos en su propio campo. Hasta hoy apenas se ha difundido el reconocimiento de sus proporciones, pese a Alexander Solzhenitsin, pese a Yung Chang, pese a El libro negro del comunismo[1]. Mientras que la negación de los crímenes nazis ha sido considerada con razón como un hecho delictivo, las fechorías del archipiélago marxista pasan todavía hoy día, en no pocos círculos, como delitos caballerescos de la historia.

 

       De todo esto se aprende que no es verdad que las mentiras tengan siempre piernas cortas. Si formas maladaptativas de esta magnitud pudieron educar a una segunda y a una tercera generación quiere decir que sus piernas son más largas de lo que corresponde a una mentira corriente. Merece una reflexión la cuestión de por qué pudieron durar tanto. No tendría solo que ver con la singular legalidad de los Estados dictatoriales, que tienden a clausurarse en su anormalidad, sino incluso con los fundamentos mismos de la modernidad: con ésta vuelve a resurgir, revistiendo una acritud hasta entonces desconocida, el distanciamiento, conocido desde estadios culturales más antiguos, entre el éxito desmoralizador y la ejemplaridad legitima. Si un pensador de la estatura de Sartre estuvo decidido a silenciar hasta bien entrados los años cincuenta los hechos del mundo de campos soviético, en su origen, su alcance y sus consecuencias, llegando hasta a denunciar a los críticos occidentales de los campos –entre ellos a Albert Camus– como embusteros y lacayos de la burguesía, es evidente cómo la mayor anomalía maladaptativa en la historia política de la humanidad proyectó sus sombras sobre la facultad de juicio de intelectuales eminentes. La información esencial, desde el punto de vista de la teoría cultural, estaba ya encerrada en el simple cómputo de los años: la decisión de callar por parte de Sartre acompañaba la entrada de esa cultura de campos soviética en su tercera generación, apoyando la perversa transición de lo que había sido una «medicina» a la condición de una institución. Si se tiene en cuenta el sentido innegable, o colateral, de la expresión sartriana de ser un «compañero de viaje» del comunismo, tampoco se puede negar que con él –que parecía encarnar el oráculo moral de su generación– entraba en escena el arquetipo del falso maestro, aunque los guardianes de la memoria crítica prefieran discutir tomando como referencia la persona de Heidegger. Puede que Heidegger haya sido un maestro falso enfrentado a la modernidad, pero el último Sartre fue enteramente el maestro falso de la modernidad.[2] Únicamente en el marco de una musealización estricta se puede realizar en autores de este rango la diferenciación entre ser grande y ser modelo.

 

 

Estos parágrafos forman parte del libro Has de cambiar tu vida de Peter Sloterdijk
editado en España por Pre-Textos y traducido por Pedro Madrigal.

 

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[1] Le libre noir du communisme: crimes, terreur et répression es un controvertido libro escrito por profesores universitarios y experimentados investigadores europeos y editado por Stephane Courtois, director de investigaciones del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS), la mayor y más prestigiosa organización publica de investigación de Francia, en 1997, traducido al castellano por César Vidal con el título El libro negro del comunismo: crímenes, terror y represión, Espasa Calpe y Planeta, 1998 (N. del T.)

[2] Cf. el estudio de Luuk van Middelaar, Politicide. De moord op de politiek in de Franse filosofie, Ámsterdam, 1999, donde se reprocha a Sartre y a la mayoría de los filósofos franceses haber favorecido la destrucción de la razón política.

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