“Como la mirada blanca de ese perro blanco” de Pablo Ayala

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                                                                                    A Huésped, quien nos enseñó

                                                                                   que cuando el espíritu pica hay que rascarse

                                                                                    sin lastimar a nadie.

El conocía la regla de oro: no se avisa. Yo aprendí otra ese día: no se salva. Diciembre último, a mediados. Pensó en pastillas. Eligió las específicas, las más extrañas pero a su vez las más efectivas y de yapa tenían nombres divertidos. No quería que digan “se le pasó la mano”, sino “fue premeditado”, y se nota que él pensó, no mucho, pero pensó. Es más, entre cinco y diez minutos tardó esta última  reflexión, mientras sacaba sus libros de la biblioteca para llevarlos al jardín y dejarlos desordenados sobre el pasto. “No se habla más del tema”, se dijo tirando el último ejemplar sobre un hormiguero.

¿La causa? Ninguna en especial o todas mezcladas, como si levantaras una carta al azar de un mazo y reconocerías que fuera esa la que daría respuesta como cualquier otra. Se trataba de inventar un nuevo mazo o romper una a una las cartas. Se cansó y no tenía fuerzas. Nada más. Lo premeditado fue sobre un día soleado, un domingo para hacer pastas y fumar bajo una sombra fresca. Pocos y pocas a su manera, reconocieron su valentía. Aún así esto no lleva a ninguna parte. Este no es el comienzo ni necesariamente mi historia, pero era importante para él y después de todo lo que pasó, no me cuestan nada las aclaraciones. A veces tenemos formas extrañas de pagar favores.

 “A la mierda todo”, empezó a gritar. Caminaba a paso rápido y sin sentido por todo la casa, hasta que por euforia o mala suerte se tropezó y cayó contra una mesa de vidrio. Desde el piso vió como el filo de unos cristales se estabacionaba frente a sus ojos, mientras la palma abierta dejaba caer sus pastillas, esas golosinas mortífera que apretaba con fuerza y hacia sudar su mano lastimada. La promesa se fue rodando hasta perderse en la oscuridad sucia que esperaba bajo el sillón.

Sus ojos parecían blindados, inaccesibles. Estaba encorvado y al mirar sus piernas puteó, puteó bastante, no de dolor, sino de espanto.  Algún cristal se le incorporó a la piel, el ruido al moverse era insoportable. Al girar la cabeza quedó fascinado al ver la distorsión que uno de los vidrios mostraba sobre su calle: su árbol paraíso brillaba como la luminaria de un pantalla en pleno día.

Le empezó a picar el cuerpo y sintió que tenía dos pequeñas extremidades sobre su cabeza, estaba hipersensitivo, conectado en la misma frecuencia que una mosca. No le había contado a nadie de las voces que oía. Lo que no importó antes no importaba ahora, ya era una pulga. Sí, una pulga como yo. No perdió su tamaño, parecía un disfraz adaptado del mejor de los cotillones, pero no era un disfraz.

Nos escuchó llegar desde la cocina murmurando. Lo notamos apenas vimos sus ojos expectantes hacia el lugar por donde entramos junto a Pensamiento, mi compañera.

Pensamiento lo tranquilizó, le explicó donde estaba. Yo sólo oí cómo Huésped pronunció extrañado el nombre: Tangente. Se intentó sacar lo que pensaba que era un disfraz al no aceptar que ya era su piel. Con un vidrio empezó a rascar fuerte, a intentar hundirlo con su garra de forma incómoda, como quien intenta sacarse una uña encarnada. Yo me prendí un cigarro, me incliné hacia él y le expliqué que no era la primera vez que alguien intentaba hacer eso al llegar acá, pero que si seguía así lo iban a llevar a un loquero, como a tantos otros, parando antes  en alguna salita para que le curen las heridas. Desistió al mirarme con sus ojos pardos. Lo ayudé a levantarlo y completé la explicación. En esta circunstancia suelen preguntar más, quieren saberlo todo, como si esperan que narre con voz en off  un cuento fantástico o algo así, que le diga que tienen una misión, que era verdad que existía la magia y esas cosas. Pero él no tenía esa exigencia, estaba aturdido. Como digo siempre: no hay espejo, ni puerta, ni ventana para entrar. Nosotros no sabemos cómo llegan ni lo queremos saber. Aun así, cuando los escuchamos preguntar creemos que más de tres preguntas seguidas, desesperadas o profundas preguntas, que en el fondo no queremos conocer sus respuestas pueden hacer a cualquier lugar un espacio imaginario.

Dos días atrás  de su llegada nació un Perro Blanco del rio Matanza. Todos los días nacen perros blancos desde el CEAMSE, pero no desde el río. Generalmente están hechos de basura, de la nuestra y de la que traen de Capital, no de llanta de bicicleta de niño. Tampoco tienen cinco metros de altura, ni tienen una personalidad tan cínica. Bueno, quizás exagere un poco, lo suelo hacer, pero era demasiado alto, eso se los aseguro. Cuando quisimos dar parte a nuestra Asamblea de Pulgas, era tarde.

Cayó con un ruido de trueno y unos anteojos negros sobre el techo del Coto de Tapiales. Se fue directo sobre Villa Celina atraído por una cumbia frenética bajada de los cielos que sólo él oía, y rompió bailando las cabinas de peaje. Mordió todas las vías de Bonzi como palitos de la selva duros y oxidados. Masticó los árboles más viejos de Ciudad Evita y caía de sus dientes saliva de poxyran, que formaba pequeñas estructuras acaramelizadas.  Algunas pulgas con el espíritu tensionado, desesperado, se acercaban con sus lenguas marrones y risas desorbitadas a lamer aquel dulce plástico, mientras el Perro Blanco reía y corría de un lado a otro por la Richerri. Lo hacía desde Gral. Paz hasta Cañuelas, desde Cañuelas hasta Gral. Paz. Trataba a los colectivos como si estuvieron hechos de papel y los hacía estallar contra los edificios de Villa Madero, con el entusiasmo de un niño.

Los perros eran peligrosos sólo al momento del enfrentamiento, luego se ocupan sólo de patrullar y destruir, de construir rabia y belleza en el barrio. Eran grandes artistas, porque cabían en ellos el peso del simulacro para sobrevivir, la distancia del tiempo, el trabajar a la víctima como un pintor eligiendo el rojo para comenzar a poblar un lienzo que terminaría con su propia sangre.

El miedo estaba despertando un instinto de supervivencia, que al contrario de lo que esperábamos, unió más a las pulgas que estaban en las calles, que descubrieron la calle a la hora de la gran siesta del barrio. Esa hora donde las familias son una dispersión de almas extraviadas en una misma casa. Estaban conjugando el verbo organizar y dejarían una huella en la historia de este sitio.   

La Asamblea de Pulgas fue contundente en un punto: ninguna acción solitaria, los salvadores serán siempre perros disfrazados de pulgas. Y así fue. Se organizaron en torno a pequeñas comisiones y fueron atrayendo a los perros hacia el lugar. Entre aullido y corridas, movilización de recursos y discusiones acaloradas, descubrieron la capacidad de actuar juntas. Improvisaron un ring natural y extraordinario proyectado desde la mente de la Asamblea, hacia el barrio, sobre el bosque.  El bosque fue el escenario de lucha. Algunas silbaban, otras tenían una extraña alegría y cantaban.

Nosotros tardaríamos en llegar. A pocas cuadras un caballo construido con desechos tecnológicos y sin corazón está siendo montado por Pensamiento. Yo camino al costado de Pensamiento, como un Sancho Panza,  al ritmo que me permiten mis patas. Mirando el cemento y relojeando a Huésped que iba a un par de pasos delante de nosotros. Mientras la bestia más viva no llegaría puntual a la cita, porque ahora se encuentra en un estudio de televisión al aire libre en San Justo.

He yo confundirme una vez más: en Tangente el Perro al final  tiene más ojos de lo esperado. Las imágenes se van procesando y aumenta el ardor. No era la oportunidad del Huésped. Algunos caen por error. Me entero por televisión. El Perro está dando una entrevista ahora, con sus patas cruzadas y los lentes aún puestos. Sonríe, se lo ve dichoso y saludable frente a la cámara, sabe cómo conquistar, crear público, simpatía. Con una gran capacidad para el humor, se encuentra despierto, atento y desagradable al mismo tiempo, haciendo chistes. Sólo se lo nota serio cuando le preguntan con miedo ¿por qué está destrozando todo?, y él habla de teorías de redes de dolor, dice cosas como que “el dolor vuelve a generar lazos, que despiertan a los corazones más perdidos”, que “no hay nada más efectivo que las conspiraciones comunicacionales”, que “todas las cosas que inventaron sobre él, son producto de una envidia” que se torna “una simple mala imagen que ya la gente olvidará”. Hasta bromeó con la posibilidad de presentarse como candidato a Intendente. 

El Perro Blanco me termina por elegir con su gran hocico, se inclina frente a la cámara dejando un par de metros de distancia, y corta la conversación en seco para decir:: “A vos, sí a vos. Que andas boqueando por ahí. Te espero en el Bosque, puto”. Luego se recuesta en la terraza y hace una seña que finaliza la transmisión. En esos brotes de sus diversas personalidades, le crecía una jerga nueva a cada rato, y vomitaba esas palabras conjugándolas con naturalidad. Era una máquina de reproducir los lenguajes de todas sus presas. Me imagino a una presa que le enseñó desde su propio estómago la palabra boquear.  La travesura imposible de ser un solo paisaje, incorporando todos los paisajes de sus víctimas en sus órganos digestivos. Paisajes que aullaban y no lo dejaban disfrutar de las victorias.

Perro Blanco tenía el corazón improbable: uno que hacía latir un destino de conquista, mientras ahogaba la propia angustia de ser nadie en cada aullido improvisado. Sólo así podía devorar austeramente las intensiones de quienes todavía querían soñar por las noches, destruyendo todo por lo que valía la pena vivir.

El sol ya es un globo de fuego pinchado y cayendo sobre el horizonte. Todo lo digital se está poblando de ausencias. Quedan pocas personas en la calle y las que están, miran para abajo. No voy a dar más detalles que los necesarios de Tangente. Es una frontera agujereada donde pasan sólo algunas pequeñas cosas de la realidad. No hay necesidad de pruebas cuando la única justicia es la del miedo. No hay necesidad de pruebas cuando este lugar parece ya hecho sólo para los que se despidieron y no pudieron irse. 

Pensamiento se duerme sobre el caballo y empieza a sonar música desde unos altoparlantes ubicados sobre la rotonda de Querandí, una serie de sonidos de lluvia y truenos, voces recortadas y pegadas en una misma pista.

Estábamos cerca ya. Ayudé a Pensamiento en una pose un poco más erguida, para que no caiga desde el caballo que ya flota. Como si la Historia se estaría creando allí, como si la ausencia física de miles y miles de pulgas acaba de soldar igualmente un pasado que vale la pena vivir. Se escuchan más nítidamente algunas voces, todas diferentes entre ellas, como navegando por éter, sobre el poco espacio que dejan todos estos árboles de aluminio. 

Al avanzar se oyen las diferentes voces con más claridad:  hoy mataron a una compañera /  y morí sin morir / he prendido fuego la mesa vacía del noticiero/ y me encendí de amor / NO es NO es NO / y curé mis heridas / el hambre es un crimen / mi cuerpo se cae / dichosos los que no están hechos / de amor sagrado.

La sensación de destino no jugaba a favor. Tangente era ya una especie de western oscuro, como si una tormenta hubiese hecho estallar en el aire una piedra azurita y ese polvo de tonos azulados cubrió todo el pasto, el barro y las piedras del bosque de ruta 21. Mirar a los ojos de ese canino furioso era un desafío para todos. –A veces enfrentamos miedos que no nos pertenecen- dijo Pensamiento y acomodó su cuerpo para dar batalla a lo desconocido.

Las pulgas no dejan de agruparse. Hay un dialogo entre dos pulgas que no puedo olvidarme y se repite en mi cabeza.

[…]Yo te voy a explicar una cosa yo a vos: esto no da para más. – eso le dijo una pulga testigo a otra compañera de la Asamblea.

– “No arruines este momento”. – dice la otra pulga inspirando y exhalando cada vez más, con intensidad.

– No sé cómo me pasó a mí esto, que el barrio ese se apure…

– Va aguantar si se apura, si antes no se vuelve puré.[…]

Ni todo es producto del azar, ni tampoco se planea en Tangente. Empujando un colectivo escolar desde el fondo de la ruta, entró una columna pequeña de pulgas cantando boleros, sus antenas no eran diferentes a las nuestras sólo que eran más reales. Escuché a una pulga a lo lejos: “si el perro hace guau guau / pensando en ti no tengo miedo / y si olvidé de conectar mis antenas hoy / y me atrapó ay ay ay  / te juro amor que me distraje por alegría / si el perro hace guau guau / será que la noche está hecha sin ti /  yo le digo shh shh / que sólo a mi amor / es a quien quiero escuchar.”

– La ternura es la espada invisible de los que no muerden.- me dijo Pensamiento al bajar del caballo, con un susurro cómplice, como si viera crecer mi preocupación por los desarmados, los que van decididos y sin protección hacia la posibilidad de la última mordida. Huésped cerró fuerte los ojos como si tuviera en su boca por primera vez aquellas pastillas. Ella me abrazó al ver mi forma de pararme, de perder el equilibrio de forma inquieta, la forma de no llorar y aún la presión de desearlo.  

 

Yo lo entendí a Huésped en el primer momento que lo vi. También yo dejé de pensar en cicuta: antes del último fin de año, crecía todas las tardes a las 6, era un viento dulce lleno de significados, imágenes que se depositaban sobre mi pecho creando un vacío, una glucosa extraña que deja el tiempo sobre los labios apurados. Dejé de pensar en cicuta por sentar mis costillas junto a la ronda de pulgas. No es tanto misterio. Hacer, hacer y hacer, aún con un frio helado sobre tus pasos. Crecer con el mismo tamaño de los huesos, aún sabiendo que los tuvimos que olvidar aquí. Crecer parados sobre algo fugaz y vital. Crecer y abandonar el sentido. Y sentí que dejé de filtrar cosas que no tendría que decir, decían mucho y hacían poco. Todo expuesto a la comprensión y a la indiferencia, ese silbido incómodo, ese malestar que se respiraba sobre la Asamblea. ¿Y eso con que se come? –Me dijo la pulga sentada a mi derecha- ¡Eso no se vomita aquí! – me dijo la pulga sentada a mi izquierda. No sabía cómo terminar con la indiferencia escurridiza,  ese silbido de aburrimiento y malestar que se respiraba cuando llegué. Algunos no les interesó, habían llegado con otros temas más urgente. Nadie sabía que hacer conmigo, igualmente me aceptaron. Nadie sabía que hacer conmigo pero aún así, alguien apareció y me abrazó fuerte, aquello que no se pide y nunca olvidarás cuando te lo dieron. Ella se acercó con seguridad y sin ningún reproche, agitándome las ganas con su misterio, su risa y voz dulce. Acomodó el mechón de su pelo corto que caía sobre su rostro, se acercó y se quedó frente mío. Yo solo la abracé fuerte. Así conocí a Pensamiento, al mismo tiempo que estaba escrachando con frases ásperas las paredes de mi pasado.    

Hoy siento vértigo sobre la Tangente, hubiese sido triste. La memoria colectiva se está secando con cada gota de sangre inútil que cae. La ola de violencia aumentó en estos días. Los perros blancos se sienten impunes. Atacan sin piedad a luz del día. No preguntan, no les interesa saber nada. Llenos de odio. Un odio mezclado con nuestro miedo: combinación explosiva para cualquier choque. Se estaba convirtiendo todo en una cacería abierta, y las palabras que podían impedirlo ya eran madera inútil para un nuevo fuego, estaban gastadas y húmedas. ¿Alguien podrá escribir esto bajo el sonido de mis compañeras pulgas cayendo? ¿Escuchará ese alguien cómo tiembla el presente cuando caen?, ¿y cuando las obligan a caer?, ¿y cuando las hacen caer?

  • No, no me mires así, Pensamiento.

El sol ya es un globo de fuego pinchado y cayendo sobre el horizonte. Por fin, por fin, la revolución cibernética llegó, pensarían los más entusiastas. Todo lo digital se está poblando de ausencias. Quedan pocas personas en la calle y las que están, miran para abajo. No voy a dar más detalles que los necesarios de Tangente. No hay necesidad de pruebas para convencerte de nada, cuando la única prueba acá es la del miedo.

En la Tangente las  luces de los faroles de la calle están hechas de fragmentos de celulares rotos.  Hasta podes llegar a leer en algún costado de ese plástico que comunicaba, la palabra “beso” congelada en la pantalla y se prendían al anochecer. Empiezan de a poco a encenderse y las polillas salen de la nada hacía ellos, como buscando ser parte de las pantalla.   

Ayer, mucho antes de llegar acá o mucho antes de ayer, el Perro Blanco aplastó mi casa ya deshabitada con sólo un poco de esfuerzo. Terminó de una vez por todas, como si tuvieran un gran laser en su pata, con los planetas que orbitaban en mi infancia. Al aplastar sonó un grito oculto en su interior, con una fuerza cotidiana. Un grito como el de una madre desde un patio, rebotando por la casa hasta llegar a tu cuarto, como un grito tuyo sin tu madre desde un cuarto rebotando por las paredes de la casa hasta llegar al vacío. Sonó el último grito que tuviste para tu familia sobre las nuevas ruinas.

Todo el odio, miedo y farándula de los noticieros trasmitirán con drones la batalla en vivo. Imagino a las pulgas encerradas en sus sillones mirando el conflicto como un espectáculo más, como lo hicieron tantas veces, inmovilizadas, esperando que otros caigan por ellos. Aún peor, morbosos y con la voluntad estropeada por un control remoto.

Doy media vuelta o tres saltos, vuelvo y grito en la Asamblea ya dispersa en el bosque: “NOS ESTAN HACIENDO MIERDA”. Los perros están naciendo desde el CEAMSE a una velocidad inaudita y llegan en grandes zancadas al campo de batalla, vienen con escudos de poxy, mientras se está desfigurando la Tangente como un plástico derretido frente a cada minuto que nos retrasamos.

Junto a la mentira se van hundiendo las calles, se empiezan a generar agujeros, terraplenes de forma oblicua  y los arboles se vuelven hacía el centro de la tierra. Tristeza estancada de los viejos perros al no reconocerse en los nuevos, corazón cansado de las nuevas pulgas al haber perdido las viejas oportunidades.

El perro que yo encontré al pasar, mal herido por una pulga con buena puntería, tiene lagañas de mi color de pelo del jardín y unas ojeras de más de veinte años. Muy viejo para ser joven y demasiado pronto para envejecer.  

Me mira, me absorbe, me calcula, cada ladrido resulta tan familiar que duele oír. Empieza la rabia, crece la rabia, la rabia tiene dos dientes menos. Logra invocar al Perro Blanco con un aullido lastimoso.  El Perro Blanco barrió la columna de pulgas-mariachis de una sola vez, usando su pata como un palo de golf. El ahora viene por mí, como la jauría blanca va a hacia mis hermanos y hermanas que ya no se fugan, sino luchan. Muchos empezaron a sacar sus armas. El Perro empieza a trotar cada vez más rápido. Pensamiento saca su .38, intuye su falta de puntería. Tres balas, como las últimas tres noches en que evitamos despedirnos. Lo encuadra con la mirada, extiende su brazo y dispara. El temblor la aleja un poco de su pie de apoyo. Erró. El Perro sigue avanzando. Pensamiento empieza a desesperar, arregla suavemente con la mano derecha su pelo corto: vuelve a extender su brazo ahora con las dos manos, cierra los ojos. La noto bellísima en su libertad. Putea. Llora. Maldice. Vuelve a llorar desde sus ojos almendrados. Dispara y le erra. Vuelve a disparar y acompaña sus pupilas abiertas hacia el error. Busca mi mirada, pero yo no logro encontrar la suya.  La imagen del perro ya es hipnótica.

Sé que Huésped tiene una sola bala, yo gasté las otras dos cuando llegué acá. Tiene mi .22, me sonríe. Las órdenes fueron claras, nadie se salva solo. Nadie puede matar a su propio perro. Menos mal que perdió sus pastillas, siento que se hubiese perdido este sol. Me mira sonriendo, me grita temblando: “te toca volver a vos” y me dispara aliviado con su .22. El tiro resultó perfecto, como si yo tuviera un imán detrás de mi esternón del tamaño exacto para esa bala. 

Puedo ver todavía todo más de cerca, al mismo tiempo que mi cuerpo recibe las últimas noticias del impacto. Las escamas del Perro frente a mis ojos eran brillantes y se proyectaban como pequeños televisores de 1cmx1cm, ¡Su piel eran miles de televisores!. Su piel no estaba compuesta de células sino de bits. Empiezo a sangrar y el corazón va a la velocidad de un pájaro en caída El Perro tiene todos los ojos de mi barrio desde que llegué a él,  hasta hoy. Y si pestañea el Perro, para mi Tangente está bajando ya sus persianas. Se viene un gran apagón y tenemos que bancarnos la oscuridad. Clima de época. Temperatura de época. Silencios y represión de época.

Al saltar sobre mí, caigo mirando el rostro oblicuo del Perro Blanco cayendo sobre mí, veo con algunos segundos de ventaja cómo se apagan las pantallas de su piel. Ya tenía el tamaño de un cachorro con los ojos desiertos.

Al ver su gran dentadura abrirse alucino una ambulancia saliendo de su gran boca, a toda velocidad, como un dibujito animado. Se abre un gran camino sinuoso, asfaltado de crayones grises, de su boca hacia a mí.  La ambulancia estaría siendo conducida por el mismo Perro Blanco.  Acelera y se come todo los baches que nunca arreglaron de mi calle, acelera y salta en las lomas de burro, ya me aturde el sonido de la sirena. Alguien sólo quiere escuchar el movimiento de las ramas de su paraíso estiradas por el viento.

¡Silencio!- grité fuerte-.

¡Cállese calle! –dijo Pensamiento

¡Callese árbol! – dijo Huésped

¡Callese realidad!.- dijo la Asamblea

¡Callese Tangente!- dijeron todos.

Sólo queremos oír el sonido del metal que quiere ser parte del engranaje de la cerradura de la puerta de nuestra casa. Queríamos ser la brisa escapándose por la cerradura. Queríamos imaginar la mano intentando ingresar y empieza a picarnos el estómago, una picazón roja empieza a acumularse debajo de nuestra piel. La laguna punzó que se está expandiendo sin pretensión de frenar. No se piensa, se ladra. Las palabras huyen hacia al pecho y mis cuerdas vocales desaparecen. Nace un sonido rudo, de baja frecuencia y sin modular desde las entrañas. Un pálido rostro no hizo preguntas y fue en búsqueda de nuestro pulso. No lo dudo, yo volvería a sentar mis costillas junto a la ronda de pulgas. Yo volvería.

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