“LA NAVIDAD QUE MATÓ A LA NAVIDAD” por Leonardo Pogliaghi

1

Querido Lucas ¿Te sorprende mi carta? ¿Te inquieta? ¿Te agrada? Entendelo de este modo: vos me escribiste todos los años desde que aprendiste a hacerlo y yo nunca tuve el mismo gesto. Por eso sentía que estaba en falta. Entonces, con esta carta me redimo y manifiesto mi pretensión de que se cambien algunas cosas. Empecemos por dejar de mentirnos: la frase con la que comencé aquí es meramente protocolar o una ironía. Yo no te quiero, nunca te quise, ni nunca te querré. Y vos, si me querés es por simple interés. La verdad es que nunca nos conocimos como para querernos. Sí, ya sé, me vas a decir que es culpa de las publicidades, de las películas y de los padres. Es probable, pero vos un día vas a crecer y vas a ser un padre o vas hacer una película o una publicidad. Tu inocencia es la semilla del mal, debes saberlo. Con esto no quiero provocarte pesadillas. Es más, mi intención es acabar con todos tus problemas por más pequeños que fuesen. Por eso, este año no voy a cumplir con tu pedido. Quiero que entiendas que a veces uno necesita recibir algo inesperado que frustre el deseo, porque este, bien puede ser falso y estar tapando al verdadero. Te lo digo por experiencia, viví muchos años engañado, pero eso ahora se acabó… Sin más rodeos, espero que este regalo sea lo que en el fondo querías.

 

Posdata: si no entendes esta carta, antes de abrir el regalo, pedile a tus padres que te la expliquen.

 

Por siempre tuyo, Papá Noel.

 

2

 

Todavía quedan millones de cartas por escribir y millones de regalos por preparar, pero por suerte somos varios los encargados de estas tareas, y aunque nos pese, estamos acostumbrados al trabajo. En este aspecto, todo continúa como antes: mis hermanos y yo seguimos haciendo un buen equipo. Lo que no volverá a ser igual es nuestro sentido de vida. Porque uno de nosotros nos hizo ver que ser enanos no significa que debemos vivir explotados o que nuestro anhelo es la servidumbre.
En consecuencia, el último mes, en secreto, abandonamos la producción de juguetes, fabricamos un explosivo y la semana pasada lo usamos para terminar con el jefe. “Acá está su pipa” le había dicho uno de mis hermanos al barbudo luego de habérsela escondido durante unas horas. Él no notó nada raro y la encendió… Ahora les toca el turno a esos otros responsables de nuestra esclavitud. Esta navidad, esos bajitos privilegiados conocerán lo que es ser explotados. Jo jo jo.

 

3

 

En el 2016 la Navidad acabó con la Navidad como hasta entonces se la conocía, pero de ninguna manera con la Navidad. De algún modo, mutada, monstruosa, otra, al año siguiente continuó. El señor Marketing fue el encargado de darle un nuevo significado y la señora Comercio la impulsó para que siguiera generando gastos a las familias.
De este modo el nombre no se alteró, pero su etimología se volvió vana o bien siniestramente irónica. La Navidad ya no consistía en conmemorar el nacimiento del hijo de un Dios sino en conmemorar la muerte de los hijos de los hombres. Por este motivo, Dios fue tildado de ingrato, falto de ética y hasta de diabólico.
Así, su espera en los días previos de Adviento perdió su dulzura, se hizo amarga y su significado religioso se convirtió en uno mundano. La copa de sidra o de champagne de medianoche contenía ahora una mezcla de nostalgia y tristeza proveniente del recuerdo de una tradición festiva y de la tragedia que la sepultó. También, el traje de papá Noel, que había sido usado hasta el hartazgo en la decoración y las publicidades, dejó de ser blanco y escarlata porque en relación con los hechos desgraciados eran colores que connotaban lo que la prensa amarilla denominó “la sangre de la inocencia”. Por lo tanto se volvió negro y de un gris oscuro en gesto de luto. En este sentido, además, hubo que cambiar el rostro barbudo alegre por uno triste, y los árboles con luces multicolores que hacían resplandecer a sus adornos y guirnaldas devinieron en cruces desnudas con luces blancas. Esto hizo que las casas que antes resultaban animadas por la decoración, ahora resultasen solemnes y góticas.

 

No menos afectados fueron los “nuevos niños” (otra de las perversidades de la prensa amarilla que explicaba tanto a los sobrevivientes como a los que nacieron después del fatídico 25 de diciembre): se les prohibió terminantemente que mandasen cartas a Papá Noel; su ropa en esos días debía lucirse en tonos de luto como los del “nuevo Papá Noel”, y los regalos, que ahora les compraban sus padres (algo que benefició con creces al señor Marketing y a la señora Comercio), tenían el sentido de devolver la sonrisa ante la desgracia.
Todo lo dicho y más, ha sido registrado en cuantiosos libros de historia. Se narró en ellos con estoica o cínica objetividad aquel gesto inédito de Papá Noel de contestarles las cartas a los niños, el recibimiento ingenuo de los regalos, el sabotaje de las redes sociales para impedir la comunicación salvadora entre el primer país del planeta afectado por el atentado y los que por huso horario todavía no habían sufrido, y la hora del infanticidio mundial, esa medianoche que mató a la “bella Navidad”. Además se fatigaron inagotables volúmenes complementarios con una recopilación titánica de esos manuscritos (los que no fueron alcanzados por las explosiones y no fueron destruidos por los padres indignados, por supuesto) y con imágenes desbordantes de inocencia para no olvidar a las víctimas.

En cuanto a la investigación del crimen, durante los primeros días posteriores a la masacre, solo se pudo aventurar que el culpable había sido Papá Noel. No obstante, poco después, su cuerpo apareció sin vida en una casa abandonada, taponando la salida de una chimenea. Su rostro se hallaba reventado y, según la policía científica, el resto de su cuerpo tenía quemaduras severas provocadas por un explosivo similar a los usados con los niños. Esto generó la explicación predecible: el viejo, al cabo de cometer semejante atrocidad, se suicidó (y el hecho de que lo haya hecho con la misma arma que usó para el infanticidio mundial fue significativo para la prensa amarilla). Pero tal especulación sucumbió cuando los especialistas indicaron que el cuerpo se hallaba sin vida desde incluso antes de que los niños recibieran sus regalos mortales. Frente a esto se llegó a enmendar el argumento de una forma un tanto forzada: el viejo habría enviado los regalos a los domicilios, y antes de que llegaran a destino, se suicidó. Pero la luz que un nuevo crimen arrojó sobre la identidad del culpable liberó de sospechas a Papá Noel y propuso una pluralidad criminal. Pues las huellas digitales encontradas en el cadáver del barbudo coincidieron con las halladas en el cadáver de otro ícono del mundo infantil: la joven recientemente asesinada conocida como Blancanieves.

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Pieter Brueghel the Elder (1526/1530–1569) – Massacre of the Innocents (1565-7)

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