Carta a Cupido

Estimado Cupido, tocareja lavataper:

Me juré y perjuré escribir algo bardero para el catorce de Febrero, hace tiempo que estoy más solo que Kung Fu.
Son las doce y media de la noche y ya tengo medio pie adentro en éste día, puedo empezar a proyectar:
¿Por qué se supone que me tengo que sentir mal?  Tampoco me tengo que sentir bien. Pero bueno, de cualquier manera si hay algo en éste mundo que no me rompa las pelotas avisame.


Tengo la impresión de que hoy no es un día para decir “che, me gustas…” o “vamos a tomar algo”.
La cursilería hiperbólica del catorce de Febrero lo hace quedar a uno como si trajera propuestas de casamiento o el forro ya puesto. Es un día para parejas de Instagram. Para pitonisas y héroes griegos que nos hacen sombra al vulgo. Desde mi lugar te cuento lo que es para mí un día como hoy: en primer lugar el marketing (eso ya lo sabemos todos): el cliché de los regalos pomposos, las salidas… la reivindicación del amor con dinero, ¿no? una cena en Puerto Madero y una noche en un telo con ventanas de vitro. El amor romántico, claro. Lugares comunes a patadas con poemas de amor corte Neruda y pancartas en Facebook de ositos sosteniendo corazones ofreciendo la cola. En contraste el desengaño, la melancolía de sacarle la punta al lápiz… los quinceañeros despechados contándote lo mal que la pasaron, los que catalizan la mala onda en notas de WordPress. La gente sufre mucho también.

A mí siempre me pareció una gilada “laburarse a una mina…”, pero parece que uno tiene que andar corriendo detrás y llenando una barrita de experiencia para poder llegar. Los días caretas como hoy me hacen reflexionar que la gente cree en engranajes milimétricos para poder conectarse, yo creo que en realidad es mucho más fácil pero hay un prejuicio muy grande. Si pudiésemos decirle a una persona que nos gusta sin que sea algo tabú, o invitarle a tomar algo y que se decante en algo inocente sin necesidad de llegar a segundas instancias sería más sano para todos. No sé vos, pero a mí me cansa desvivirme por la idealización. Al final me siento humillado. Igual, ¿te pensás que no lo hago? estoy tan jodido como el resto, y siempre caigo en las mismas sandeces. La joda es ser más resiliente que otra cosa, yo me encontré parando las balas con el pecho porque no puedo reprimir lo que me pasa con la otra persona. Ajo y agua, ¿no?


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