Ensayos (I): “El Principio Poético” de Edgar Allan Poe

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El principio poético

Edgar Allan Poe

Al hablar del Principio Poético, no tengo el propósito de ser exhaustivo ni profundo. Durante la discusión, muy al azar, de la esencialidad de lo que llamamos Poesía, mi propósito principal será citar, para ser considerado, algunos pocos de esos poemas menores ingleses o norteamericanos que mejor se adaptan a mi gusto, o que han dejado la impresión más definitiva en mi fantasía. Por “poemas menores” quiero decir, por supuesto, poemas de poca longitud. Y aquí, al comienzo, permitidme decir unas pocas palabras respecto de un principio algo singular. Que, correcta o incorrectamente, siempre ha tenido influencia en mi propia evaluación crítica del poema. Sostengo que un poema largo no existe. Sostengo que la frase “un poema largo” es simplemente una terminante contradicción en los términos.

Apenas necesito observar que un poema merece su nombre sólo en cuanto nos excita, al elevar nuestra alma. El valor del poema está en proporción a esta excitación elevadora. Pero todas las excitaciones son, por una necesidad física, transitorias. El grado de excitación que autorizaría a que un poema sea llamado así en absoluto, no puede sostenerse a través de una composición muy extensa. Después de un lapso de media hora a lo sumo, decae -desfallece-, le sigue una reacción negativa y entonces el poema, de hecho, deja de serlo.

Sin duda hay muchos que han encontrado dificultad en conciliar la sentencia crítica de que el Paraíso perdido ha de ser devotamente admirado en su totalidad, con la absoluta imposibilidad de mantener, durante su lectura, el grado de entusiasmo que requeriría tal sentencia crítica. Esta gran obra, en verdad, ha de ser considerada como poética cuando, perdiendo de vista ese requisito vital de toda obra de arte, la Unidad, la consideremos meramente como una serie de poemas menores. Si, para conservar su Unidad, la leemos (como sería necesario) de un tirón, el resultado es sólo una alternancia constante de excitación y depresión. Después de un pasaje de lo que sentimos que es genuina poesía, sigue, inevitablemente, un pasaje de lugares comunes que ningún prejuicio crítico puede obligarnos a admirar; pero si, luego de completar el trabajo lo leemos de nuevo, omitiendo el primer libro -es decir, comenzando por el segundo- nos sorprenderemos encontrando ahora admirable aquello que antes condenamos, y condenable aquello que previamente habíamos admirado tanto. Se sigue de todo esto que el efecto último, global y absoluto aun de la mejor épica bajo el sol es una nulidad; y esto es precisamente así.

Respecto de la Ilíada tenemos, si no una prueba positiva, al menos una muy buena razón para creer que fue concebida como una serie de poemas líricos; pero concediendo la intención épica, sólo puedo decir que la obra se basa en un imperfecto sentido del arte. Se supone que la épica moderna se basa en el modelo antiguo, pero es una imitación desconsiderada y ciega. Pero el momento de estas anomalías artísticas ha terminado. Si, en algún momento, un poema muy largo fue realmente popular -lo que dudo- es al menos claro que ningún poema muy largo será nuevamente popular alguna vez.

Que la extensión de una obra poética es, ceteris paribus, la medida de su valor, parece indudablemente, cuando así lo enunciamos, una proposición bastante absurda pero, sin embargo, la debemos a las revistas trimestrales. ¡Seguramente no puede haber nada en el mero tamaño, abstractamente considerado -no puede haber nada en el mero grosor, en lo que concierne a un volumen, que haya despertado tan continuamente la admiración de estos taciturnos panfletos! Una montaña, por cierto, por el mero sentimiento de magnitud física que transmite, nos impresiona con un sentido de lo sublime, pero ningún hombre es impresionado de esta manera ni siquiera por la grandeza material de The Columbiad. Las revistas trimestrales tampoco nos han enseñado a impresionarnos ante él. Hasta ahora no han insistido en que estimemos a Lamartine por pie cúbico, o a Pollock por libra, ¿pero qué otra cosa podemos inferir por su continua charla acerca de “efecto sostenido”? Si, por “efecto_ sostenido” cualquier joven caballero ha logrado producir una épica, debemos francamente elogiarlo por su esfuerzo -si esto es verdaderamente algo elogiable- pero evitemos alabar la épica en razón de ese esfuerzo. Es de esperar que el sentido común, en el futuro, preferirá decidir acerca del valor de una obra de arte más bien por la impresión que hace -por el efecto que produce- que por el tiempo que llevó producir el efecto, o por la cantidad de “esfuerzo sostenido” que se había considerado necesario en su producción. El hecho es que la perseverancia es una cosa y el genio absolutamente otra; y todas las publicaciones trimestrales de la cristiandad no pueden confundirlos. Poco a poco, esta proposición, junto con muchas que acabo de recomendar, serán recibidas como evidentes. Entretanto, al ser generalmente condenadas como falsedades, no serán esencialmente dañadas en cuanto verdades.

Por otra parte, es claro que un poema puede ser inapropiadamente breve. La brevedad indebida degenera en mero epigrama. Un poema muy corto, mientras que de tanto en tanto produce un efecto brillante o vívido, nunca produce un efecto profundo o duradero. Debe haber una firme presión de la marca sobre la cera. De Beranger ha producido innumerables cosas, mordaces y agitadoras del espíritu, pero en general han sido de muy poco peso como para grabarse profundamente en la atención del público, y así, como tantas plumas de la fantasía, han sido impulsadas hacia lo alto sólo para ser devueltas hacia lo bajo por el viento.

Un notable ejemplo del efecto de la brevedad indebida en el desmerecimiento de un poema, en dejarlo fuera de la opinión popular, es proporcionado por la siguiente exquisita pequeña “Serenata”:

Me despierto de soñar contigo

En el primer dulce sueño de la noche,

Cuando los vientos suspiran en voz baja

Y brillan luminosas las estrellas.

Me despierto de soñar contigo

Y un espíritu a mis pies

Me ha conducido -¿quién sabe cómo?

A la ventana de tu cuarto, amor.

Los vientos errantes se desvanecen

En la oscuridad del arroyo silencioso

El aroma de las magnolias desfallece

Como dulces pensamientos en un sueño;

La queja del ruiseñor

Muere sobre su corazón

Como yo debo morir sobre el tuyo

¡O amada, como eres!

¡O, levántame de la hierba!

¡Muero, me desvanezco, desfallezco!

Haz que tu corazón derrame besos

Sobre mis labios y pálidos párpados.

Mi mejilla está fría y blanca, ¡ay de mí!

Mi corazón palpita fuerte y veloz.

O, apriétalo nuevamente contra el tuyo,

Donde por fin se quebrará.

Muy pocos tal vez conozcan estas líneas, pero su autor es un poeta no menor que Shelley. Su cálida pero etérea imaginación será apreciada por todos, pero por nadie tan completamente como por quien ha despertado él mismo de dulces sueños de una amada, para sumergirse en el aire aromático de una noche de verano meridional.Uno de los mejores poemas de Willis —el mejor, en mi opinión, que ha escrito jamás— ha sido, sin duda, por este mismo defecto de indebida brevedad, excluido de su adecuado lugar, tanto desde el punto de vista de la crítica como del público en general:

 

Las sombras se extendían a lo largo de Broadway,

Cercano estaba el crepúsculo

Y allí una hermosa dama

Caminaba con arrogancia,

Caminaba sola; pero invisibles espíritus caminaban a su lado.

La paz hechizaba la calle bajo sus pies

Y el Honor hechizaba el aire

Y todos, excitados, la miraban con bondad,

Y la llamaban bondadosa y bella.

Porque todo lo que Dios le diera

Lo guardaba con cauto cuidado.

Guardaba con cuidado su rara belleza

De amantes afectuosos y fieles

Pues su corazón era frío, excepto para el oro,

Y los ricos no venían a conquistarla.

Pero ella honraba bien sus encantos para venderlos,

Si la venta la hacían sacerdotes.

También caminaba por allí una más hermosa,

Una niña delgada, pálida como el lirio;

Y tenía una invisible compañía

Que amedrentaba el espíritu,

Entre Miseria y Desdén caminaba sin esperanza,

Y nada podía ayudarla.

Ninguna piedad puede aclarar su frente

Para implorar paz en este mundo

Pues cuando la violenta plegaria del amor se dispersó en el aire,

¡Su corazón de mujer se rindió!

Pero el pecado perdonado por Cristo en el Cielo

¡Es condenado por el hombre!

 

En esta composición es difícil reconocer al Willis que ha escrito tantos meros “versos de sociedad”. Las líneas no sólo son ricamente ideales, sino llenas de energía; respiran un fervor, una evidente sinceridad de sentimiento, que buscamos en vano a través de todas las otras obras de este autor.

Mientras que la manía ética, la idea de que en poesía la longitud es indispensable al valor, ha ido gradualmente desapareciendo de la mente pública, por fuerza de su propio absurdo, encontramos que la sucede una herejía demasiado palpablemente falsa para ser tolerada por mucho tiempo, pero que en el breve período en que ha permanecido, puede decirse que ha logrado más en la corrupción de nuestra literatura poética que todos sus otros enemigos combinados. Aludo a la herejía de La Didáctica. Se ha dado por supuesto, tácita y abiertamente, directa e indirectamente, que el objeto último de toda poesía es la verdad. Todo poema, se dice, debería inculcar una moral y el mérito poético de la obra ha de ser juzgado por esta moral. Nosotros, los norteamericanos, hemos patrocinado especialmente esta feliz idea, y especialmente nosotros los bostonianos la hemos desarrollado plenamente. Nos hemos puesto en la cabeza que escribir un poema simplemente por el poema mismo, y reconocer que tal ha sido nuestro propósito, sería confesar que carecemos radicalmente de la genuina dignidad y fuerza poéticas: pero el simple hecho es que si sólo nos permitiéramos mirar en nuestras propias almas, inmediatamente descubriríamos allí que no existe ni puede existir bajo el sol ninguna obra más absolutamente digna, más supremamente noble, que este mismo poema, este poema per se, este poema que es un poema y nada más, este poema escrito sólo por el poema mismo.

Con una reverencia tan profunda por la verdad como la que alguna vez inspiró el pecho del hombre, yo limitaría, sin embargo, en alguna medida, su manera de inculcarla. Me limitaría a hacerla respetar. No la debilitaría en derroche. Las exigencias de la verdad son severas. Ella no simpatiza con la mirra. Todo aquello que es tan indispensable en la canción es precisamente todo aquello con lo que ella no tiene nada en absoluto que ver. Es hacer de ella una ostentosa paradoja entrelazarla con gemas y flores. Para imponer una verdad, necesitamos severidad más bien que la eflorescencia del lenguaje. Debemos ser simples, precisos, lacónicos. Debemos ser tranquilos, calmos, desapasionados. En una palabra, debemos estar en ese estado de ánimo que es, lo más posible, exactamente inverso de lo poético. Debe estar ciego ciertamente quien no percibe la diferencia radical y abismal entre los modos verdadero y poético de fijar las ideas. Debe ser fanáticamente teórico, más allá de toda redención, quien, a pesar de estas diferencias, persista aún en conciliar los obstinados aceites y aguas de la poesía y la verdad.

 

Dividiendo el mundo de la mente en sus tres más inmediatamente obvias distinciones, tenemos el intelecto puro, el gusto y el sentido moral. Coloco el gusto en el medio, porque es justamente esta posición la que ocupa en la mente. Se relaciona íntimamente con ambos extremos; pero el sentido moral está separado por una diferencia tan débil que Aristóteles no ha vacilado en colocar algunas de sus operaciones entre las virtudes mismas. Sin embargo, encontramos que las funciones del trío están marcadas con suficiente distinción. Así como el intelecto se ocupa de la verdad, el gusto nos informa de lo bello, mientras que el sentido moral considera el deber. De este último, mientras que la conciencia enseña la obligación, y la razón la utilidad, el gusto se contenta con exhibir los encantos: oponiéndose al vicio sólo sobre la base de su fealdad, su desproporción, su animosidad hacia lo adecuado, lo apropiado, lo armonioso. En una palabra, hacia la belleza.

Un instinto inmortal implantado profundamente en el espíritu del hombre es pues, visiblemente, un sentido de la belleza. Esto es lo que le proporciona el placer en las múltiples formas, sonidos, olores y sentimientos entre los cuales existe. Y así como el lirio se repite en el lago o los ojos del Amarilis en el espejo, así también es la repetición meramente oral o escrita de estas formas, olores, sonidos, colores y sentimientos, una fuente duplicada de placer. Pero esta mera repetición no es poesía. Quien cante simplemente, por más que lo haga con encendido entusiasmo, o con la más vívida verdad en la descripción, las vistas, sonidos, olores, colores y sentimientos que lo saludan en común con toda la humanidad, digo que ha fracasado, sin embargo, en demostrar su título divino. Hay algo a la distancia que no ha logrado todavía alcanzar. Tenemos aún una sed insaciable para aliviar la cual no nos han mostrado las fuentes de cristal. Esta sed pertenece a la inmortalidad del hombre. Es a la vez una consecuencia y una señal de su existencia perenne. Es el deseo de la mariposa nocturna por alcanzar la estrella. No es una mera apreciación de la belleza ante nosotros sino un esfuerzo salvaje por alcanzar la belleza en lo alto. Inspirados por una presciencia extática de las glorias más allá de la tumba, luchamos por medio de combinaciones multiformes entre las cosas y los pensamientos del tiempo, para alcanzar una parte de esa belleza, cuyos elementos mismos tal vez pertenecen sólo a la eternidad. Y así, cuando por la poesía, o cuando por la música -el más cautivador de los modos poéticos-, nos encontramos deshechos en lágrimas, las vertemos, no como supone el abate Gravina, por exceso de placer, sino por cierta malhumorada e impaciente tristeza ante nuestra inhabilidad para captar ahora, enteramente, aquí en la Tierra y de una vez para siempre, esos goces divinos y extáticos, de los cuales, a través del poema o a través de la música logramos captar sólo unos breves e indeterminados vislumbres.

La lucha por aprehender la belleza sobrenatural -esta lucha realizada por almas adecuadamente constituidas- ha dado al mundo todo aquello que a él (el mundo) le ha sido jamás permitido entender y sentir como poético.

El sentimiento poético, por supuesto, puede desarrollarse en distintos modos -en la pintura, la escultura, la arquitectura y la danza, muy especialmente en la música- y muy particularmente, y en un amplio campo, en la composición del jardín paisajístico. Nuestro actual tema, sin embargo, sólo se ocupa de su manifestación en palabras. Y admitidme aquí, hablar brevemente sobre el tema del ritmo. Contentándome con la certeza de que la música, en sus varios modos de metro, ritmo y rima, es de una importancia tan grande para la poesía que nunca ha de ser sensatamente rechazada pues es un auxiliar tan vitalmente importante que es simplemente tonto quien no acepta su ayuda, me detendré ahora a sostener su absoluta esencialidad. Es en la música, tal vez, donde el alma está más cerca de alcanzar el gran fin cuando está inspirada por el sentimiento poético: la creación de la belleza sobrenatural. Puede que aquí, verdaderamente, este sublime fin sea, a veces, alcanzado en realidad. A menudo sentimos, con un tembloroso deleite, que un arpa terrestre terrenal emite notas que no pueden ser desconocidas por los ángeles. Y entonces no cabe duda de que en la unión de la poesía con la música en su sentido popular, encontraremos el terreno más amplio para el desarrollo poético. Los antiguos bardos y Minnesingers tenían ventajas que nosotros no poseemos. Y Thomas Moore, cantando sus propias canciones, de la manera más legítima, las perfeccionaba como poemas.

Entonces, para recapitular: definiría, en resumen, la poesía, como la Creación Rítmica de la Belleza. Su único árbitro es el gusto. Sólo tiene relaciones colaterales con el intelecto o con la conciencia. A menos que, incidentalmente, no tenga nada que ver con el deber o con la verdad.

Agregaremos, sin embargo, algunas palabras como explicación. Ese placer que es a la vez el más puro, el más sublime y el más elevado, deriva, sostengo, de la contemplación de la belleza. Sólo en la contemplación de la belleza nos es posible alcanzar esa deleitable elevación o excitación del alma, que reconocemos como el sentimiento poético y que es tan fácilmente distinguido de la verdad, que es la satisfacción de la razón, o de la pasión, que es la excitación del corazón. Yo hago de la belleza, por tanto, -usando la palabra como incluyendo lo sublime- hago de la belleza la provincia del poema, simplemente porque es una obvia regla del arte que los efectos deben surgir lo más directamente posible de sus causas: nadie hasta ahora ha sido tan débil como para negar que la peculiar elevación de que hablamos es por lo menos más prontamente alcanzada en el poema. No se sigue, de ninguna manera, que las incitaciones de la pasión o los preceptos del deber, o aun las lecciones de la verdad, no puedan ser introducidas en un poema, y con ventaja; porque pueden favorecer incidentalmente, de distintas maneras, los fines generales de la obra. Pero el auténtico artista siempre se las ingeniará para bajarlas de tono, sujetándolas adecuada-mente a la belleza, que es la atmósfera y la esencia real del poema.

No puedo introducir mejor los pocos poemas que presentaré a su consideración, que citando el Proemio al “Waif” (Waif: niño abandonado). de Longfellow:

 

El día ha terminado y la oscuridad ,

Cae de las alas de la Noche,

Como una pluma del águila en su vuelo

Flota hacia abajo.

Veo las luces de la aldea

Brillar a través de la lluvia y la niebla,

Y un sentimiento de tristeza me posee

Que mi alma no puede resistir;

Un sentimiento de pena y nostalgia,

Que no es semejante al dolor,

Y que sólo se parece a la tristeza

 Como la niebla se parece a la lluvia.

Ven, léeme algún poema,

Una simple y sincera balada,

Que calme este sentimiento desasosegado

Y destierre los pensamientos del día.

No de los grandes maestros,

No de los poetas sublimes

Cuyos distantes pasos resuenan

A través de los corredores del Tiempo.

Porque, como los sones de música marcial,

Sus potentes pensamientos sugieren

La interminable tarea y esfuerzo de la vida;

Y esta noche anhelo el descanso.

Léeme de algún poeta más humilde,

Cuyas canciones brotaron de su corazón,

Como chaparrones de las nubes de verano,

O como surgen las lágrimas de los párpados.

Quien a través de largos días de labor

Y noches privadas de tranquilidad,

Oía aún en su alma la música

De melodías maravillosas.

Esas canciones tienen el poder de aquietar

El pulso intranquilo del cuidado,

Y llegan como la bendición

Que sigue a la plegaria.

Lee entonces del atesorado volumen

El poema de tu elección,

Y presta a la rima del poeta

La belleza de tu voz.

Y la noche se llenará de música,

Y los cuidados que infestan el día

Plegarán sus tiendas como los árabes,

Y sigilosamente se marcharán.

 

Sin gran despliegue de imaginación, estas líneas han sido justamente admiradas por la delicadeza de su expresión. Algunas de las imágenes son muy efectivas. Nada puede ser mejor que:

Los poetas sublimes,

Cuyos pasos distantes resuenan

Por los corredores del Tiempo.

 

También es de mucho efecto la idea de la última estrofa. El poema en su totalidad, sin embargo, debe ser principalmente admirado por la graciosa insouciance de su metro, tan de acuerdo con el carácter de los sentimientos, y especialmente por la facilidad del modo general… Esta facilidad o naturalidad en un estilo literario ha sido de costumbre considerada como facilidad sólo en apariencia, coma un punto realmente difícil de lograr. Pero no es así: un modo natural: sólo es difícil para aquel que nunca lo abordaría, para el no natural. Es el resultado de escribir con el entendimiento o con el instinto, considerar que el tono, en la composición, debe ser siempre aquel que la masa de la humanidad adoptaría. Y debe perpetuamente variar, por supuesto, de acuerdo con la ocasión. El autor que, siguiendo el estilo de The North American Review, sea en toda ocasión meramente “tranquilo”, debe necesariamente en muchas ocasiones ser simplemente tonto o estúpido; y no tiene más derecho a ser considerado “fácil” o “natural” que un cockney exquisito, o que la Bella Durmiente en las figuras de cera.

Entre los poemas menores de Bryant, ninguno me ha impresionado tanto como el que titula “Junio”. Cito sólo una parte de él:

 

Allí, a través de las largas, largas horas del verano,

Ha de estar la luz dorada,

Y la espesa hierba joven y los macizos de flores

Estarán presentes en su belleza.

La oropéndola construirá y contará

Su historia de amor, junto a mi celda;

La vana mariposa

Lo hará descansar allí, y se oirán

La abeja dueña y el picaflor.

¿Y qué, si a mediodía, alegres gritos.

Nos llegan desde la aldea,

O canciones de niñas, bajo la luna

Mezcladas con risas de hadas?

¿Y qué si en la luz del crepúsculo

Prometidos amantes caminan a la vista

De mi bajo monumento?

Ojalá la encantadora escena alrededor

No conozca vista o sonido más triste.

Yo sé, yo sé, que no vería

El glorioso espectáculo de la estación,

Ni su luz brillaría para mí;

Ni fluiría su frenética música

Pero si, alrededor del lugar de mi sueño,

Los amigos que amo vinieran a llorar,

No se apresurarían a marcharse.

Aires y canciones suaves, y la luz y su flor,

Los detendrían largamente junto a mi tumba.

Ellos llevarían a sus debilitados corazones

Los pensamientos de lo que ha sido,

Y les hablarían de alguien que compartir no puede

La alegría de la escena;

Cuya parte en toda la pompa que llena

El circuito de las colinas del verano

Es que su tumba es verde;

Y profundamente se alegrarían sus corazones

Al oír nuevamente su viviente voz.

 

El ritmo fluyente es aquí hasta voluptuoso, nada podría ser más melodioso. El poema siempre me ha afectado de una manera notable. La intensa melancolía que parece surgir, inevitablemente, a la superficie de todos los alegres dichos del poeta acerca de su tumba, nos estremece el alma y en ese estremecimiento está la más genuina elevación poética. La impresión que deja es la de una tristeza placentera. Y si en la restante composición que os presentará, hay siempre en apariencia un tono más o menos similar, dejadme recordaros que (no sabemos cómo o por qué) esta cierta mancha de tristeza está inseparablemente relacio-nada con todas las más altas manifestaciones de la verdadera belleza. Lo está, sin embargo.

 

Un sentimiento de pena y nostalgia

Que no es semejante al dolor

Y sólo se parece a la tristeza

Como la niebla se parece a la lluvia.

 

La mancha de que hablo es claramente perceptible aun en un poema tan lleno de brillo y espíritu como “La salud”, de Edward Coate Pinckney.

 

Lleno esta copa para alguien compuesta

Sólo de belleza,

Una mujer, del sexo débil

Aparente dechado,

A quien los mejores elementos y amables estrellas han dado

Una forma tan bella que, como el aire,

Es menos de esta Tierra que del Cielo.

Su mismo tono es propio de la música,

Como el de los pájaros matutinos,

Y algo más que melodía

Mora siempre en sus palabras;

Ellas son acuñadas por su corazón,

Y cada una fluye de sus labios

Como puede verse la hinchada abeja

Surgir hacia afuera de la rosa.

Los afectos son como pensamientos para ella,

La medida de sus horas;

Sus sentimientos tienen la fragancia,

La frescura de las flores jóvenes;

Y bellas pasiones, a menudo cambiantes,

La llenan de modo que parece

La imagen de ellas por turnos,

¡El ídolo de pasados años!

De su rostro brillante una mirada dibujará

Un cuadro en el cerebro,

Y de su voz, en corazones resonantes

Un sonido durará largo tiempo;

Pero el recuerdo, tal como el mío de ella

Tanto enternece,

Que cuando la muerte esté cerca, mi último suspiro

No será de la vida, sino suyo.

Llené esta copa para alguien compuesta

Sólo de belleza,

Una mujer, del sexo débil

Aparente dechado

¡A su salud! y ojalá hubiera en la Tierra Algunas más de esa forma.

Que la vida fuera toda poesía

Y el abatimiento sólo un nombre.

 

La desgracia de Mr. Pinckney era haber nacido tan al sur. Si hubiese nacido en Nueva Inglaterra, es probable que hubiera sido clasificado como el primero de los poetas líricos norteamericanos por ese magnánimo cabildo que por tanto tiempo ha controlado los destinos de las letras norteamericanas, dirigiendo ese engendro llamado The North American Review. El poema que acabo de citar es especialmente hermoso; pero la elevación poética que induce debe ser atribuida principalmente a nuestra simpatía por el entusiasmo del poeta. Perdonamos sus hipérboles por la evidente honestidad con que las expresa.Sin embargo, no era de ningún modo mi propósito extenderme en alabanzas de lo que quería leeros. Estas obras necesariamente hablarán por sí mismas. Boccalini, en sus Advertisements for Parnassus, nos dice que Zoilo una vez presentó a Apolo una crítica muy cáustica sobre un libro muy admirable, ante lo cual el dios le preguntó acerca de las bellezas de la obra. Él replicó que sólo se ocupaba de los errores. Al oír esto, Apolo, entregándole una bolsa de trigo sin aventar, le pidió que tomara toda la paja como recompensa.

Ahora bien, esta fábula cuadra muy bien como un golpe a los críticos, pero no estoy muy seguro de que el dios estuviese en lo cierto. No estoy de ningún modo seguro de que los verdaderos límites del deber de los críticos no hayan sido groseramente mal entendidos. La excelencia, especialmente en un poema, puede ser considerada a la luz de un axioma, que sólo necesita ser enunciado con propiedad para hacerse evidente. No es excelencia lo que requiere ser demostrado como tal; y por tanto, señalar muy particularmente los méritos de una obra de arte es admitir que no son enteramente méritos. Entre las Melodies de Thomas Moore hay una cuyo carácter distinguido como un poema propiamente dicho parece haber sido singularmente dejado de lado. Me refiero a las líneas que comienzan: “Ven, descansa en este pecho”. La intensa energía de su expresión no es superada por nada en Byron. Hay dos de las líneas en las que es transmitido un sentimiento que encarna la totalidad de la divina pasión del amor, un sentimiento que, tal vez, ha encontrado eco en más y más apasionados corazones humanos que ningún otro sentimiento encarnado alguna vez en palabras.

 

 

Ven, descansa en este pecho, mi querido ciervo herido,

Aunque el rebaño ha huido de ti, tu hogar está todavía aquí;

Aquí está todavía la sonrisa que ninguna nube puede cubrir

Y un corazón y una mano todos tuyos hasta el fin.

¡Oh! ¿para qué ha sido hecho el amor, si no es el mismo

A través del gozo y del tormento, de la gloria y la vergüenza?

No sé, no pregunto, si hay culpa en ese corazón,

Pero sé que te amo, seas lo que seas.

Me has llamado ángel en momentos de felicidad,

Y seré tu ángel entre los horrores de esto,

¡A través de las llamas, sin acobardarme, para seguir tus pasos Y protegerte, y salvarte, o perecer también allí!

 

Ha estado de moda últimamente negarle imaginación a Moore, mientras que se le concede fantasía -una distinción que se origina en Coleridge- aquel que comprendió mejor que ningún hombre los grandes poderes de Moore. El hecho es que la fantasía de este poeta predomina tanto sobre todas sus otras facultades y sobre la fantasía de todos los demás hombres que ha inducido la idea, muy naturalmente, de que es sólo fantasioso. Pero nunca hubo error mayor. Nunca se le hizo una mayor injusticia a la fama de un verdadero poeta. En el ámbito de la lengua inglesa no puedo traer a la memoria un poema más profunda, más extrañamente imaginativo, en el mejor sentido, que las líneas que empiezan: “Quisiera estar junto a ese sombrío lago”, compuestas por Thomas Moore. Lamento no poder recordarlas.

Uno de los más nobles -y hablando de fantasía- uno de los poetas modernos más singularmente llenos de fantasía, fue Thomas Hood. Su “Fair Ines” siempre ha tenido para mí un encanto inexpresable:

 

¿No habéis visto a la bella Inés? Ella se ha ido al Oeste

Para deslumbrar cuando el sol se ha puesto,

Y despojar de descanso al mundo;

Se llevó consigo nuestra luz del día,

Las sonrisas que más amábamos,

Con rubores matinales en su mejilla,

Y perlas sobre su pecho.

¡Oh! Vuelve de nuevo, bella Inés,

Antes que caiga la noche,

Por temor de que la luna brille sola,

Y las estrellas refuljan sin rival;

Y bendito será el amante

Que camine bajo su luz

Y respire amor contra tu mejilla.

¡No me atrevo siquiera a escribir!

¡Ojalá hubiese yo sido, bella Inés,

Ese caballero galante

Que cabalgaba tan alegre a tu lado

Y murmuraba tan cerca de ti!

¿No había bellas damas en su tierra

Ni amantes fieles aquí,

Que debió cruzar los mares para conquistar

A la más amada de las amadas?

Yo te vi, bella Inés,

Descender por la costa

Con grupos de nobles caballeros,

Con banderas flameando delante;

Y gentiles jóvenes y alegres niñas,

Que llevaban blanquísimas plumas;

¡Habría sido un hermoso sueño,

Si no hubiera sido más!

¡Ay de mí! ¡Ay de mí!, bella Inés,

Se fue con canciones,

Con música marcando sus pasos,

Y salvas de la multitud;

Pero algunos estaban tristes y no sentían regocijo,

Sino sólo lo inoportuno de la música,

Con sonidos que cantaban adiós, adiós,

A quien amaste por tan largo tiempo.

Adiós, adiós, bella Inés,

Ese barco nunca llevó

Una dama tan hermosa en su cubierta, Ni bailó antes tan ligeramente

¡Ay de mí! Por el placer en el mar, Y la tristeza en la costa!

¡La sonrisa que bendijo el corazón de un amante Ha roto muchos más!

 

“The Haunted House” del mismo autor, es uno de los poemas más auténtico que hayan sido escritos; uno de los más auténticos, uno de los más impecables, uno de los más plenamente artísticos, tanto por su tema como por su ejecución. Es, además, poderosamente ideal e imaginativo. Lamento que su longitud lo haga inadecuado para el propósito de esta conferencia. En su lugar, permitidme ofreceros la universalmente apreciada “Bridge of Sighs”.

 

¡Una más infortunada,

Cansada de respirar,

Temerariamente inoportuna

Se ha ido a la muerte!

Álzala tiernamente,

Levántala con cuidado:

¡Tan joven y hermosa,

Tan finamente formada!

Mira sus vestiduras

Que se adhieren como una mortaja;

Mientras la ola constantemente

Gotea de sus ropas;

Álzala al instante.

Con amor, no con odio.

No la toques con desdén;

Piensa en ella con tristeza,

Dulce y humanamente;

No en sus manchas,

Todo lo que queda de ella

Es ahora pura feminidad.

No indagues profundamente

Su rebelión

Irrespetuosa y temeraria;

Más allá de todo deshonor

La muerte ha dejado en ella

Sólo la belleza.

 

Aun, por todos sus pecados, Como una hija de Eva Enjuga sus pobres labios

  • La casa embrujada

 

  • Puente de los suspiros


Que exudan fríamente.

El crudo viento de marzo

La hizo temblar y estremecerse,

Pero no el oscuro arco

Ni el negro río que fluye:

¡Insensata por la historia de la vida,

Alegre ante el misterio de la muerte

Presta a ser arrojada

En cualquier parte, en cualquier parte

Fuera del mundo!

Se arrojó audazmente adentro,

Sin importarle cuán frío

El áspero río fluía,

Al borde de él,

¡Imagínalo, piensa en él, Hombre disoluto!

Luego, si puedes,

¡Báñate en él, bebe de él!

¡Levántala tiernamente,

Álzala con cuidado;

Tan joven y hermosa,

Tan finamente formada!

Recoge su cabellera,

Cuya peineta se ha soltado;

Sus bellas trenzas castañas;

Mientras que el asombro se pregunta:

¿Dónde estaba su hogar?

¿Quién era su padre?

¿Quién era su madre?

¿Tenía ella una hermana?

¿Tenía un hermano?

¿O era ella más querida

Aún y más cercana

Que todos los demás?

¡Ay de mí!

¡Por la rareza

De la caridad cristiana

Bajo el sol!

¡Oh! ¡Era conmovedor!

Cerca de una ciudad populosa,

No tenía un hogar.

Los sentimientos fraternales,

Paternales, maternales,

Se habían transformado:

El amor, con evidencia cruel,

Arrojado de su altura;

Hasta la providencia de Dios

Parecía enajenada.

Donde las lámparas titilan

Allá lejos en el río,

Con muchas luces

De ventanas y ventanales

De la bohardilla al sótano,

Ella estaba, con asombro,

Sin hogar por la noche.

Antes de que sus miembros frígidos Se vuelvan muy rígidos,

Amable y bondadosamente,

Alísalos y cálmalos,

¡Y cierra sus ojos,

Que tan ciegamente miran!

Mirando con espanto

A través del barro impuro,

Como cuando la desafiante

Última mirada de desesperación

Estaba fija en el futuro.

Pereciendo melancólica,

Impulsada por la insultante,

Fría inhumanidad,

Que encendía la locura

En su descanso,

¡Cruza humildemente sus manos

Como si orara sin palabras,

Sobre su pecho!

¡Reconociendo su iniquidad,

Su mal comportamiento,

Y dejando, con mansedumbre,

Sus pecados a su Salvador!

 

 

El vigor de este poema no es menos notable que su patetismo. La versificación, aunque llevando la fantasía al borde mismo de lo fantástico, está no obstante admirablemente adaptada a la salvaje locura que es la tesis del poema.Entre los poemas menores de Lord Byron, hay uno que nunca ha recibido de los críticos la alabanza que sin duda merece:

 

Aunque el día de mi destino ha terminado

Y la estrella de mi sino ha declinado

Tu dulce corazón rehusó descubrir

Las faltas que tantos pudieron encontrar;

Aunque tu alma conocía mi pena,

No se rehusó a compartirla conmigo,

Y el amor que mi espíritu ha pintado

Nunca lo ha encontrado sino en ti.

Ahora, cuando la naturaleza a mi alrededor sonríe

La última sonrisa que responde a la mía,

No creo que me esté engañando

Porque me recuerda a la tuya;

Y cuando los vientos luchan con el océano,

Como conmigo los pechos en que creí,

Si sus olas incitan una emoción,

Es porque me llegan de ti.

Aunque la roca de mi última esperanza se hace añicos,

Y sus fragmentos se hunden en el oleaje,

Aunque siento que mi alma está entregada

Al dolor, no será su esclava,

Muchos remordimientos me asedian:

Pueden golpearme pero no despreciarme,

Pueden torturarme pero no someterme,

Es en ti que pienso, no en ellos.

Aunque humana, no me engañaste,

Aunque mujer, no me abandonaste,

Aunque amada, evitaste apenarme,

Aunque calumniada, nunca flaqueaste,

Aunque en ti confié, no me traicionaste,

Aunque partiste, no fue para huir,

Aunque atenta, no fue para difamarme,

Ni callaste, para que el mundo pudiese desmentir.

Pero no culpo al mundo, ni lo desprecio,

Ni a la guerra de muchos contra mí

Si mi alma no estaba hecha para estimarlo,

Era insensato no rehuirlo antes:

Y si ese error me ha costado caro,

Y más de lo que alguna vez pude prever,

He comprobado que pese a todas mis pérdidas,

No pudo despojarme de ti.

De las ruinas del pasado, que ha perecido,

Puedo al menos recordar esto:

Me han enseñado que lo que más he querido

Merecía ser lo más amado de todo:

En el desierto está surgiendo una fuente,

En el vasto desierto hay todavía un árbol,

Y un pájaro canta en la soledad

Y le habla a mi espíritu de ti.

 

Aunque este ritmo es uno de los más difíciles, poco podría mejorarse la versificación. Nunca un tema más noble comprometió la pluma de un poeta.Es una idea que eleva el alma la de que ningún hombre tiene derecho a quejarse de su destino, mientras en la adversidad retiene todavía el amor inquebrantable de una mujer.

De Alfred Tennyson – aunque con perfecta sinceridad lo considero el poeta más noble que haya vivido jamás- , me he permitido sólo el tiempo de citar un ejemplo muy breve. Lo llamo y lo creo el más noble de los poetas, no porque las impresiones que produce sean en todo momento las más profundas, no porque la excitación poética que provoca sea en todo momento la más intensa, sino porque es en todo momento la más etérea. En otras palabras, la más sublime y la más pura. Ningún poeta pertenece tan poco a la Tierra, terrenal. Lo que estoy por leer es de su último, extenso poema, “The Princess”:

 

Lágrimas, vanas lágrimas, no sé lo que significan,

Lágrimas de la profundidad de alguna divina desesperación

Surgen en el corazón y se acumulan en los ojos,

Al mirar los felices campos del otoño

Y pensar en los días que no son más.

Frescas como los primeros rayos que relucen en una vela,

Que trae a nuestros amigos desde los infiernos,

Tristes como el último que se enrojece sobre nosotros

Que se hunde con todo lo que amamos bajo el borde;

Tan tristes, tan frescos, los días que no son más.

¡Ah!, triste y extraña como en oscuros amaneceres de verano La melodía más temprana de pájaros semidespiertos

A oídos moribundos, cuando a los ojos moribundos

La ventana lentamente proyecta un cuadrado de tenue luz

Tan tristes, tan extraños, los días que no son más.

Queridos como besos recordados después de la muerte,

Y dulces como los fingidos por la fantasía sin esperanzas

Sobre labios que son para otros; profundos como el amor,

Profundos como el primer amor, y frenéticos con todo el remordimiento;

O Muerte en Vida, los días que no son más.

 

Así, aunque de una manera muy superficial e imperfecta, he tratado de transmitiros mi concepción del principio poético. Ha sido mi propósito sugerir que, mientras que este principio mismo es estricta y simplemente la aspiración humana a la belleza sobrenatural, la manifestación del principio se encuentra siempre en una sublime excitación del alma, totalmente independiente de esa pasión que es la intoxicación del corazón, o de esa verdad que es la satisfacción de la razón. Porque respecto de la pasión -¡ay de mí!- su tendencia es a degradar más bien que a elevar el alma. El amor, por el contrario -el amor- el verdadero, el divino Eros -lo perteneciente al cielo, como distinguido de la Venus Dioaen- es incuestionablemente el más puro y genuino de todos los temas poéticos. Y respecto de la verdad, si, sin duda, a través del logro de la verdad llegamos a percibir una armonía donde ninguna aparecía antes, experimentamos enseguida el verdadero efecto poético; pero este efecto se refiere sólo a la armonía y no, en el más mínimo grado, a la verdad, que meramente sirvió para poner de manifiesto la armonía.

 

Alcanzaremos, sin embargo, más inmediatamente una concepción distinta de lo que es la verdadera poesía, por una mera referencia a algunos de los elementos simples que producen en el poeta mismo el efecto poético. Él reconoce la ambrosía que alimenta su alma en las órbitas brillantes que relucen en el cielo, en las volutas de la flor en el racimo de los arbustos bajos, en el ondear de los campos de grano en la inclinación de los altos árboles orientales, en la distancia azul de las montañas en los grupos de nubes, en el centelleo de arroyos semiocultos, en el brillo de los ríos de plata, en el reposo de los lagos aislados, en las profundidades de los pozos solitarios que reflejan las estrellas. Lo percibe en las canciones de los pájaros en el arpa de Eolo4, en el suspiro del viento nocturno, en la voz quejosa de la selva, en la espuma que llega quejosa a la costa en el fresco aliento de los bosques, en el aroma de la violeta, en el perfume voluptuoso del jacinto, en el sugestivo olor que le llega al anochecer de islas distantes no descubiertas, sobre oscuros océanos, ilimitados e inexplorados. Lo reconoce en todos los pensamientos nobles, en todos los motivos no mundanos, en todos los impulsos sagrados, en todos los hechos caballerescos, generosos y abnegados. Lo siente en la belleza de la mujer en la gracia de sus pasos en el brillo de sus ojos, en la melodía de su voz, en su risa suave, en su suspiro en la armonía susurrante de sus vestidos . Lo siente profundamente, en sus palabras afectuosas y atractivas, en sus ardientes entusiasmos, en sus amables actos de caridad, en su modesta y devota tolerancia pero sobre todo muy por encima de todo, se arrodilla ante él, lo adora en la fe, en la pureza, en la fuerza, en la absolutamente divina majestad de su amor.

 

Permitidme terminar con el recitado de otro breve poema, uno de carácter muy distinto de todos los que he citado antes. Es de Motherwell y se titula “The Song of the Cavalier”5. Con nuestras modernas y absolutamente racionales ideas del absurdo y la impiedad de la guerra, no estamos precisamente en el estado de ánimo más adecuado para simpatizar con el sentimiento y, por tanto, apreciar la excelencia real del poema. Para hacer esto

  • Dios del viento.

 

  • “La canción del caballero”


plenamente, debemos identificarnos en la fantasía con el alma del viejo caballero:

 

Montad, montad, valientes y galantes todos

Y rápidamente poneos vuestros cascos:

Los enviados de la Muerte, la Fama y el Honor

Nos llaman al campo de nuevo.

Lágrimas de mujer no llenarán vuestros ojos

Cuando empuñéis la espada en la mano,

Con el corazón entero partiremos, y sin suspiros,

A lo más hermoso del país;

¡Que las flautas suenen y el cuervo pichón

Llore y grite,

Nuestra tarea es luchar como hombres

Y como héroes morir!

 

 

 

 

 

 

 

 

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