Rescatando a Ortiz (Homenaje a Paco Urondo)

A Vicente Zito Lema

¿Cómo emitir palabra en momentos tan monstruosos? Así es nuestra vida, elegimos luchar, empuñar la palabra justa. La noticia vino con Juan que llegó empapado en lágrimas, y estoy seguro que a Ortiz le hubiese encantado ver aquello. No me malentiendan, no se hubiese reído, hubiese recitado Llorar a lágrima viva de Girondo viendo a Juan hecho una lluvia de llanto. Apenas entró en casa le serví ginebra, elixir vital de época, de Vicente, de Ortiz y de muchos otros. Lo difícil no fue contenerlo a él o a mí, sino el cómo decírselo a Claudia y Beatriz, estaban tomando mate, distraídas como cuando con amigos ponemos en paréntesis el mundo, no dudamos de él, solo lo suspendemos. Nos colgamos de una soga y tratamos de que no nos llegue la lluvia al sacar la cabeza, conscientes de que todos los días para nosotros es esta lotería, que la única suerte es acostarse a dormir y poder volver a levantarse, quizá sea mejor
quedarse en la cama y no despertar. El mate estaba lavado, echado a perder, ese era el momento, me acerqué y besé a Claudia en la frente y agarré la mano de Beatriz muy fuerte, tanto como pude sin lastimarla, para mí el límite era sentir los pliegues de su mano contra la mía, sabiendo que estábamos juntos como un ciego leyendo braile, las palabras brotaron de mi boca aunque quisiera no haberlas escuchado: Ortiz, lo agarraron. Fue lo único que creo haber dicho, para que dar detalles si nadie quiere saber cómo es ese fatídico momento, escuché un débil sollozo, no de tristeza sino aquel que viene del temor al fin, el que todos los días llevamos oculto en el pecho, Claudia me abrazó por la cintura y la envolví en mis brazos. Beatriz ahogada sobre la mesa y con la cabeza entre los brazos no achicaba su llanto, lo ensordecía. De impotencia se paró y me dijo:

-Jote, hay qu5603382888_3f7a485a3c_oe recuperar el cuerpo- su cara era rígida, sombría.

-Pero Beatriz, ¿Cómo?-

-Llévame a Mendoza- apretaba los puños y rechinaban los dientes, las lágrimas ya no tenían nada que hacer en esa cara, pero ahí estaban quietas en los ojos rojos. Traté de disuadirla durante más de una hora, no hubo forma, lo único que me decía era que la lleve a Mendoza. Emprendimos viaje.

 Durante todo el camino no pudimos decir nada. En el silencio moribundo entre nosotros ella empezó a desnudarse y a sacar ropa sumamente fina, muy cara, por sobre todas las cosas llamativa, y una vez vestida se empezó a maquillar al punto de un pavo real, cuando vislumbramos el regimiento aminoramos la marcha y dejamos el auto atrás de unos árboles.

-Quédate acá, si no vuelvo en una hora, ándate- salió del auto sin que me dejara replicar nada y empezó a caminar erguida, como si usara tacos desde la cuna, exhibiendo plumas, marcando en el suelo y en el aire una estela burguesa.

La vi charlar con los soldados de la puerta y entrar fácilmente, ¿la habrían descubierto? Saqué la escopeta escondida debajo de unos trapos, la 45 la tenía en la guantera, ¿que podría hacer yo contra un regimiento? Seguramente nada, pero no me perdonaría abandonarla. A los tres cuartos de hora apareció  riendo excéntricamente y los soldados venían atrás trayendo un bulto enrollado en una alfombra. No me gustaba un carajo la situación, así que le saque el seguro a la 45, ella se debe haber dado cuenta de mis intenciones por la cara de horror que puso, me di por aludido y escondí el arma, miré hacia afuera e hice como que me preparaba para fumar.

-Gracias, ustedes sí que son caballeros, por favor póngalo en la parte de atrás, ustedes entenderán que venimos en este mamarracho de coche para no avispar a nadie.- escuché decir a la voz fingida, altanera, sumamente aguda y dañina, por el tono o por lo que decía.

-Todo sea por el bien de la patria-dijo uno de los soldados, pusieron el cuerpo en la parte de atrás, uno se dio vuelta y me miró, aunque solo me veía la nuca, me había avivado del espejito retrovisor y estaba desacomodado como para que no me reconocieran.

-¿Y éste?-dijo el otro milico que empezó a enfilar para el auto, se me helo la sangre, se iba acercando cuando Beatriz replicó:

-Un señor que lleva ,trae y no hace preguntas, un buen cristiano- rió histriónicamente, y alcanzó para que los otros se quedarán satisfechos.

   Ya en la ruta no lo podíamos creer, otra vez el mismo silencio, el que salía de la boca muda de Ortiz, nunca nos dejó pero además estaba ahí en el asiento de atrás, diciendo tantas cosas. Beatriz volvió poco a poco a ser ella, la postura se quebró violentamente, revoleó las ropas con asco, y su cara volvió a la dureza.

  Conseguimos mediante algunos contactos enterrarlo en Ezeiza con una placa que supe tiempo después sacaron. Claudia apoyaba la cabeza contra mi pecho para no ver, Beatriz estaba tranquila con una paz que solo un muerto puede tener, ausente de la vida, y él aún avivaba el fuego que hay dentro nuestro, nos alentaba a seguir adelante, era más que un buen tipo, de esos que no abundan, y que aunque uno lo crea, no es una redundancia. Obviamente no podíamos avisarle a todos, así que ahí estaban Vicente, José y Cristina, con esa dulzura que la caracteriza.  Vicente empezó a leer un par de poemas de Ortiz pero no pudo y se quebró, así que siguió leyendo Cristina, para cuando ella terminó de leer “Sin jactancias puedo decir que la vida es lo mejor que conozco”, Ortiz por fin volvió a ser Paco.

Martín Domínguez


La Pura Verdad – Paco Urondo

Si ustedes lo permiten,
prefiero seguir viviendo.

Después de todo y de pensarlo bien, no tengo
motivos para quejarme o protestar:

siempre he vivido en la gloria: nada
importante me ha faltado.

Es cierto que nunca quise imposibles; enamorado
de las cosas de este mundo con inconsciencia y dolor y miedo y apremio.

Muy de cerca he conocido la imperdonable alegría; tuve
sueños espantosos y buenos amores, ligeros y culpables.

Me averguenza verme cubierto de pretensiones; una gallina torpe,
melancólica, débil, poco interesante,

un abanico de plumas que el viento desprecia,
caminito que el tiempo ha borrado.

Los impulsos mordieron mi juventud y ahora, sin darme cuenta, voy iniciando
una madurez equilibrada, capaz de enloquecer a cualquiera o aburrir de golpe.

Mis errores han sido olvidados definitivamente; mi memoria ha muerto y se queja
con otros dioses varados en el sueño y los malos sentimientos.

El perecedero, el sucio, el futuro, supo acobardarme, pero lo he derrotado
para siempre; sé que futuro y memoria se vengarán algun día.

Pasaré desapercibido, con falsa humildad, como la Cenicienta, aunque algunos
me recuerden con cariño o descubran mi zapatito y también vayan muriendo.

No descarto la posibilidad
de la fama y del dinero; las bajas pasiones y la inclemencia.

La crueldad no me asusta y siempre viví deslumbrado
por el puro alcohol, el libro bien escrito, la carne perfecta.

Suelo confiar en mis fuerzas y en mi salud
y en mi destino y en la buena suerte:

sé que llegaré a ver la revolución, el salto temido
y acariciado, golpeando a la puerta de nuestra desidia.

Estoy seguro de llegar a vivir en el corazón de una palabra;
compartir este calor, esta fatalidad que quieta no sirve y se corrompe.

Puedo hablar y escuchar la luz
y el color de la piel amada y enemiga y cercana.

Tocar el sueño y la impureza,
nacer con cada temblor gastado en la huida

Tropiezos heridos de muerte;
esperanza y dolor y cansancio y ganas.

Estar hablando, sostener
esta victoria, este puño; saludar, despedirme

Sin jactancias puedo decir
que la vida es lo mejor que conozco.

 

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