“Lindos son los huevos, y están todos arrugados” de Joaquín Rodríguez

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Usted, sí usted, que es estudiante de Letras/Artes/Filosofìa/Comunicación Social/(una larga lista de etcéteras), seguro ya vivió esto que voy a pasar a explicar al resto de la gente.

Situación:

Se encuentra Ud. ante un estudiante de Letras que yace junto a una persona, no cualquier persona, sino una de esas que nunca pisó Puán o Sociales pero que tranquilamente sí pisó cualquiera de las otras facultades, y a la que estando en un terreno neutral (digamos una fiesta en la casa de un amigo), se la puede conversar forzando la voz solo un poco:

 

Random: ¿Y qué estudiás?

Estudiante: Letras

Random: ¡Ay (“Ah” si es hombre) que lindo!

Estudiante: Inserte el tìtulo (aunque de hecho el estudiante sonríe y sigue su camino)

Porque no hay nada más degradante para alguien que pasa el 70% de su vida diaria tragándose artículos sobre (si, muchas veces es “sobre”, ni siquiera “de”) Foucault, Barthes, Hegel, Derrida, Bourdieu, Rousseau, Aristóteles, Piaget, como para que otros “justifiquen” su elección de carrera con un pretexto tan idiota, tan terriblemente simple, como “La carrera es linda”.

De nosotros, docentes, el 99%, estudiamos lo que estudiamos para y porque queremos ver lo que hay atrás del velo obligatorio que nos ponen como burka sobre los ojos, porque queremos sacarle todas las partecitas al arma de destrucción masiva más grande que existe, el lenguaje. Queremos encontrar los mecanismos que hacen que mueran los millones, porque queremos entender el pensamiento humano sin necesidad de ver una tomografía que brilla violeta cuando su hijo piensa en el vecino veinteañero que está cortando el pasto.

Más bien que es lindo, es hermoso. Pero no por lo que piensa, no piba, no señor, no leemos boludeces y las discutimos en un ágora epicureana. Es que es hermoso y terrible y da miedo además, encontrar nuestros errores en los romanos, da miedo pensar e investigar. Y tristeza es, que nuestros alumnos repitan sentidos comunes programables, y esperanza también, que nadie nos dé pelota, porque a veces, hay que confesarlo, nos gusta (el goce sublime) palmear en la espalda a la señora y compartiendo lágrimas largar un “Te lo dije”.

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