“¿ Y la escuela qué pito toca?” de Débora Lasalvia

¿Y la escuela qué pito toca?

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Siguiendo la discusión que abrí en “La lengua que nadie habla”, y madurando un poco dejando atrás las vomitadas anarquistas contra la RAE, quisiera pensar ahora en las instituciones y agentes normativizadores, sus roles y funciones. Pensándonos en usuarios de la lengua podríamos ver, tal vez, dos grandes grupos. Claro que la división no es tajante ni totalizadora, mucho menos me asumo como estructuralista o binarista. Pero sí encuentro dos actitudes hacia nuestra lengua más o menos diferenciadas.

Estamos los que vemos nuestra lengua como un ser vivo, latente, quienes no tenemos tan presente en el día a día las extenuantes normas de la lengua. Y están quienes, si es posible, se tatúan el diccionario en el pecho. Los que comentan en redes sociales “es hay, no ay”, o los que califican al otro de bruto por hablar mal (esta última categorización me fascina, ¿qué sería hablar mal? Todos recordamos la genial exposición de Fontanarrosa de MIERRRRRDA)

La dominación cultural no es novedad, mucho menos la política. Pero alguna vez, ¿nos ponemos a pensar sobre la dominación lingüística? No voy a meterme en las pantanosas tierras de los anglicismos o las derivaciones del inglés en nuestra lengua, creo que es un factor relacionado con procesos complejos, sobre todo con la Globalización y la imposición del inglés como “lengua mundial”.  Pero si me gustaría pensar en nuestro primer opresor cultural, religioso, político y lingüístico: España.

Podrán decirme que los tiempos de la dominación española quedaron relegados a la previa de 1810… pero seguimos usando su alfabeto, aún hoy muchas escuelas e instituciones determinan la lengua española como norma y encuentran el español de la Argentina relegado a la mera incorrección. Las escuelas han sido las primeras y más duras instructoras de la diferencia. Aun hoy se cuida que los niños de hogares bilingües no estén expuestos a la lengua madre porque “podrían confundirlos”. Esto sería, traducido: no le hablen quechua, italiano, chino, etc al chico porque va a sentir su arraigo ahí y no en el Español de España. No le hablen en la lengua que le transmite toda su cultura, su historia, su génesis porque será un sujeto más difícil de conquistar. No le enseñen los sonidos quechua porque se rebelarán ante la h muda.

Hablo de la escuela porque es la primer agente determinante y, por lo general, la de mayor alcance. Es la maestra de primaria que le corrige al chico cuando habla mal, cuando inventa palabras para encontrar la vía de su expresión (¿acaso no es la poesía más verdadera?) Y es justamente esta escuela la que genera los agentes de control de la misma institución Lengua Española. Los chicos terminan corrigiéndose entre sí, ya la maestra puede descansar, porque si Juancito “habla mal”, Fulanita le va a decir que así no se habla.

Tal vez cuando se tiene ya una mayor conciencia sobre la propia lengua y la propia expresión (¿cuándo sucederá esto? Ni idea) podamos desprendernos de las normas tan privativas de nuestra enseñanza.

La opresión es también lingüística y sus agentes se encargan de reducir el mensaje ajeno “mal escrito” o “mal dicho” en la nada misma. El contenido nada importa, solo se fijan en que escribe kiero en vez de quiero y que no puso la coma donde debería. Y lentamente así el lenguaje va perdiendo su principal esencia, la comunicación con el otro. El mensaje del otro deja de ser considerado mensaje para verse como un conjunto de palabras que debemos corregir o desprestigiar. El otro se aleja, y su mensaje también, ya no nos comunicamos con él, sino que hacemos monólogos de reglas ortográficas, gramaticales y sintácticas.

Creo que realmente la escuela debería centrarse en la enseñanza de registros. Esto es, adecuación a las diferentes situaciones comunicativas y receptores. Formar a los chicos para la praxis de la vida cotidiana: saber escribir un documento burocrático, un examen o un mensaje informal. No debería cortar su cordón umbilical de la lengua madre (sea cual fuere, incluso si es el Español de Argentina). En la forma en la que nos expresamos está reflejado nuestro ser, nuestra personalidad y los más profundos recovecos de la expresión. Nadie “habla mal”, todos reflejan en su habla su propia expresividad.

El día que valoremos el mensaje del otro en cuanto tal y no como punto de diferenciación, encontraremos tal vez el beneficio real del lenguaje.

Creo que los chicos deberían aprender la diferencia entre la adecuación y la propia expresión del habla. Deberíamos dejar de presuponer a los chicos en edad escolar como simples idiotas, que se “confunden” si les hablamos en dos o más idiomas, que van a “hablar mal” si no les corregimos las “faltas”.

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