A mis paisanos continentales

Fotografía por Yamila Fernández

 

Este viernes les traemos este artículo de Débora Lasalvia, que continúa hablándonos de la lengua, los “dialectos” y las tradiciones. Esperamos que lo disfruten


Habiéndonos divorciado de la Península y habiéndoles tirado su diccionario por la cabeza, quisiéramos buscar la lengua latinoamericana. Eso que nos une como hermanos de una misma madre europea. Eso que debe estar escondido muy dentro de nuestros genes.

Pero el narcicismo y la omnipotencia bonaerense siempre nos hace creer el verdadero ombligo del mundo. Y con tan solo cruzar la frontera del Litoral nos damos cuenta que nuestra tonada, nuestra y que resbala en la lengua (“llamame”, “yo”) no es análoga a la de nuestros mismos compatriotas. Se los juro, solo tenemos que hacer un par de kilómetros “tierra adentro”, despegarnos del puerto y les juro que ya vamos dejando eso que creemos la “lengua mundial”, la que hablamos nosotros.

Y si la diferencia es tan enorme dentro de nuestras propias fronteras políticas, imaginesé, usted, doña, cómo serán continente adentro. No olvidemos que somos literalmente el culo del mundo, que estamos lo más al sur que se puede estar sin congelarnos como la Antártida. Pero los bonaerenses seguimos pensando que somos el centro del mundo, de la galaxia, del cosmos.

Y nos metemos más pa arriba y nos damos cuenta que nuestros hermanos latinoamericanos hablan bastante distinto a lo que pensábamos. Y nos cuesta admitir que le entendemos más a un español chupa-diccionario que a un jovencito de la zona rural de, no sé, Ecuador. Y nos caemos de culo, doña, se lo juro. Y ni le cuento cuando nos metemos pal Caribe,  ahí donde nosotros pensamos que todos bailan salsa y toman bebidas a base de frutas. Donde seguramente las muchachas caminan como si bailaran, y los muchachos deben caminar todos con un habano en la mano. Y agárrese, doña, cuando se le rían en la cara por decir “olor a chivo” en vez de “sudor” o lo que ellos crean propio.

Le juro, doña, se cae de culo. Y usted que se quejaba de los wachitos del conurbano que se comen las “s”.

No importa, yo le digo algo, y acuérdese: en América parecemos todos hermanastros linguísticos. Yo le entiendo al chileno, se lo juro, pero su tonadita me causa esa risa de ternura, esa ternurita que usté quiere que le hable más para deleitarse con el cantito.  Yo le juro que cuando el cubano me habla siento que habla cantando. Y a mí me dicen que tengo cara de gringa y que hablo como si diera órdenes. Estos bonaerenses tan prepotentes…

Descuidensé, que por más que le entendamos más al español catedrático de la CNN que a nuestro hermano latinoamericano, habrá siempre algo que nos une (más allá de la sangrienta historia de nuestros orígenes): y es la diversidad.

 

Links a a textos anteriores:

La lengua que nadie habla

¿Y la escuela que pito toca?

 

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