Un acto fallido

 

 

“Lleno de bufones solemnes está el mercado- ¡y el pueblo
 se gloría de sus grandes hombres!
 Estos son para él
 los señores del momento.”

 Zaratustra

 

El mundo es una parábola. Si la humanidad hecha máquina ha forjado esta bestia con nombre y domicilio, fue por una imperiosa nostalgia velada de arrogancia y despotismo. Su condena es una cosecha atroz de servidumbre y humildad. Resuena el espanto en las noches como un agudo mecanismo de rumores que se acercan rondando el cansancio de la bestia agotada, demandada de obligaciones, demandada por una mampostería de dioses eléctricos e inteligentes, un progreso hidráulico que controla su ya antigua y macerada decepción, su implacable futilidad cotidiana.

 

Nada satisface a este predador que todo lo agota y destruye de pretensiones armónicas y divinas, desechando la tensión que desborda la materia. Este es su mayor suplicio: la salvación. Desde su más primitiva infancia se pone en movimiento para devorarse a sí mismo, para educarse y educar a sus congéneres en la tarea infranqueable de la esclavitud y la adoración. A través de innumerables generaciones fue creciendo el parásito llamado humano hasta convertirse en un colosal y estúpido arquetipo de solemnidad. Tan adulto, tan diestro para manipular la muerte, que es incapaz de posar sus ojos sobre el suelo que intenta tapar y del que afloran sus remordimientos y culpas. Así, los pinta y decora con un manto de cemento. Vive arrastrándose como un rastro de mierda fermentado de lágrimas. Como un profesional se instruye para ornamentar sus palacios rebosantes de lustrados huesos. Su morada es un cementerio oculto a los ojos del cuerpo. Cuerpo que intenta desnudar, pero que tan solo es un nudo roto entre sus manos, una promesa irreparable.

 

Su mayor gozo lo contempla bebiendo sangre en el cáliz de los sueños. Donando su pretendido mérito ha disfrazado su obediente resentimiento, su obsesiva y cínica idea de justicia, su bucólico y retorcido ademán de comunicación. No descansa ni descansará esta bestia por más que haya ultrajado de cabo a rabo a todas las mujeres, hasta desmembrar a los últimos hombres, o tan siquiera devorar los desfigurados vástagos que seduce en su camino.

 

Nada tiene la modernidad que envidiar a sus antepasados. Ha sabido arduamente superar su inagotable virtud de castigo. Ha perfeccionado sus herramientas como indiscutibles técnicas del ocio científico, como la gracia de la prosa con que se lapida en un goce ordinario, minúsculo e insistente.

 

Algún día todo esto que nuestros ojos leen estará en el paraíso del olvido abrazado por el incesante movimiento del hambre con que las lombrices ornamentan el mundo. Hasta entonces la máquina seguirá escribiendo a gritos la marcha con que invoca, suplicante de perdón, su quinta esencia, su tierna y deliciosa deuda.

 

Eugène_Delacroix_-_Le_Massacre_de_Scio

Eugène Delacroix – Le Massacre de Scio (1823)

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